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VK. Sueños y pesadillas. Relatos de Carlos Terco ilustrados por Gaboni

Intensidad, visceralidad, inteligencia y mucha calle

Carlos Rivas, madrileño periférico y letrista y cantante de la banda de rock proletario Núcleo Terco, devuelve la literatura de barrio al lugar que nunca debió abandonar: el terreno de la verdad. Carlos, que conoce bien diferentes barrios, en especial Vallekas, se enfrenta al papel en blanco sin coartadas, dispuesto a dar y recibir golpes como en el ring, con el propósito de contarnos la historia del barrio partiendo de mil y una historias, lo que le sucede a la gente de a pie.

Como si fuese un Carver de los suburbios, Carlos Rivas centra su atención y sensibilidad en diferentes momentos. Lo que para otros no pasaría de ser una anécdota para él es el inicio de una historia. Camino del gimnasio, a la altura de la calle Mendívil, 41, oye un grito de dolor, cristales contra una pared... Suficiente para reconstruir lo que en ese hogar está sucediendo. Suficiente para desear que todo sea de otra manera y poner manos a la obra.

Las historias que componen VK. Sueños y pesadillas son veloces, a veces inconclusas, y están escritas a golpe de intuición

Cualquiera que viva en un barrio obrero se encontrará a diario con situaciones así, verá a sus protagonistas enmascarando sus vidas, el barrio abandonado en manos de especuladores, como si ese barrio lo compusieran los edificios y terrenos y no las personas que viven en él. 

El aspecto gráfico y el acabado redondean la experiencia: gracias al atractivo Diseño de Ester Mala Pell y a las abundantes ilustraciones de Gaboni, el libro alcanza una personalidad propia. Un contrastado blanco y negro, cortante, dramático, que no admite matices ni escala de grises. Un rojo sangre que brota caprichosamente... VK. Sueños y pesadillas se ajusta a la paleta cromática que el tema requiere.

VK. Sueños y pesadillas es, sin lugar a dudas, una declaración de amor a estas calles donde se escucha mucho rock, se convive de forma bastante pacífica, hay tradición de lucha obrera y se conservan cierto compañerismo y solidaridad. Además este libro de cuentos es el inicio de una carrera literaria que promete intensidad, visceralidad, inteligencia y mucho barrio.

Edición: Ester, Carlos y Gaboni
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David G. Panadero


Midian. Audio-relato para Club Prótesis

«Si os dijera que mi mejor amigo es un fantasma no me creeríais, ¿verdad? No me refiero a que sea un chulo o un fanfarrón, que también, sino a que existe solo a medias, solo de determinada manera» 

Midian, de David G. Panadero


Si quieres escuchar el audio-relato completo, únete al Club Prótesis, donde encontrarás contenidos exclusivos

https://www.ivoox.com/player_ej_25228305_4_1.html?c1=ff6600

Detectives victorianas. Las pioneras de la novela policiaca. VV. AA

Mujeres que usan su inteligencia para desentrañar misterios y resolver crímenes

Ya pocas décadas después de que el género policiaco despegara, si nos atenemos a la idea comúnmente aceptada de que se inició de la mano de Edgar Allan Poe y sus Crímenes de la calle Morgue (1841), las mujeres se unieron con entusiasmo al género, y ya no sólo como lectoras sino como autoras y/o protagonistas del mismo.

De esas primeras incursiones femeninas en un género que a tantos nos apasiona es de lo que trata la verdadera joya que Siruela nos ofrece en la última entrega de su colección Libros del tiempo: una estupendísima antología que, con el título de “Detectives victorianas. Las pioneras de la novela policiaca”, nos ofrece una cuidada selección de los primeros relatos policiacos protagonizados por mujeres.

La recopilación se debe a Michael Sims, autor del excelente prologo que acompaña a la selección. Sólo por su lectura ya merecería la pena esta antología. Pero es que a ese prologo se suman once relatos en los que conoceremos a las antepasadas de Sharon McCone, Kinsey Millhone o de Victoria Warshawski, por poner unos contadísimos ejemplos de las maravillosas detectives modernas que tanto entretenimiento nos proporcionan.

Y puro disfrute nos regalan también sus aguerridas antecesoras victorianas, ya sean británicas o norteamericanas; esas mujeres que, al compás de los cambios que estaba viviendo la sociedad, abandonan los salones burgueses y se lanzan profesionalmente (como la señora Paschal , de William S. Hayward, el primero en presentar a una mujer detective profesional, en fecha tan temprana como 1861 o 64) o como meras aficionadas llevadas por la simple curiosidad (como la Amelia Butterworth de la gran Anna Katharine Green,) o por la más acuciante necesidad, como la de Sarah Fairbanks, la protagonista del estupendo relato El brazo largo, de Mary E. Wilkins.



las mujeres llegaron al género policiaco para quedarse


Y sobre la mencionada miss Amelia Butterworth hay que señalar que cualquier lector que lea "El asunto de la puerta de al lado" (1897) podrá reconocer en ella sin dificultad a la antecesora directa de la querida señorita Marple, por mucho que ese lazo entre las dos entrañables solteronas nazca no de la biología sino del común amor al fisgoneo. De la misma autora, Anna Khaterine Green, tan famosa y valorada en su época que las facetas jurídicas de sus historias se estudiaban en la facultad de derecho de Harvard, se incluye un segundo relato, el último de esta antología, protagonizado por otra detective femenina, en este caso una joven y rica neoyorquina de nombre Violet Strange.

Son mujeres todas que usan su inteligencia para desentrañar misterios y resolver crímenes. Algunas utilizando ya métodos forenses en una época tan temprana como lo hace la señora G., la detective profesional que en 1864 protagoniza El arma desconocida, relato de Andrew Forrester Hijo, y que se adelanta en varios años en su interés por las pelusas o las huellas de las pisadas al que más tarde mostrará el canónico Sherlock (hay que recordar que la primera aventura de Holmes apareció en 1887).

Aunque sí se muestra muy deudora del detective de Conan Doyle la apasionante Madelyn Mack, creada por Hugh C. Weir en 1914. Esta detective tiene, al modo de Watson, su propia biógrafa, la periodista Nora Noraker. Esta detective, “un genio favorecido por la fortuna" según su amiga reportera, tiene dos pasiones, la música y las flores, y cuando se aburre toma nueces de cola. De ella se nos ofrece el relato "El hombre que tenía nueve vidas" que, además de dejarnos con acuciantes ganas de leer más historias de Madelyn Mack, nos ofrece la opinión que esta detective universitaria tiene de su profesión:

Solo hay dos reglas para que un detective tenga éxito: trabajo duro y sentido común; no sentido poco común, como el que relacionamos con nuestro viejo amigo Sherlock Holmes, sino sentido común profesional. Y, por supuesto, imaginación… Creo que una mujer siempre tiene una imaginación más aguda que un hombre

En fin, ya sea de la mano de autores varones o mujeres (y fue la ubicua Loveday Brooke la primera detective creada por una autora, C. L. Pirkis, de la que se nos ofrece el estupendo relato Dagas dibujadas, de 1893, en la que la detective nos ofrece también su filosofía investigadora: “Las posibilidades se convirtieron en probabilidades, y dichas probabilidades, una vez admitidas, trajeron consigo otras conjeturas”) las mujeres llegaron al género policiaco con la firme determinación de quedarse y de darnos algunas de sus mejores páginas

Detectives victorianas nos ofrece la oportunidad de conocer y disfrutar con aquellas pioneras que, por méritos propios, se abrieron camino en la literatura policial, aun antes de que las mujeres lo lograsen en la vida real (y remitimos nuevamente al esclarecedor prologo de Michael Sims que nos explica cómo hasta 1918 no hubo agentes femeninas de policía en Gran Bretaña). Aquí, como en otros aspectos de la vida, la literatura se adelantó a la realidadLo dicho, una antología imprescindible. Una verdadera joya.

Siruela, 2018
Compra en Casa del Libro

José María Sánchez Pardo
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Yo fui una chica Bond y otros relatos desconcertantes. Anita Haas

Incisivo sentido del humor no exento de ternura

El cuento es tan antiguo como el hombre y está asociado con el fuego y la voz. Borges comentaba con relación a este antiquísimo genero que para él el proceso de escribir comenzaba por una suerte de revelación: se qué va a ocurrir algo y eso que va ocurrir puede ser, en el caso del cuento, el principio y el fin. Estos relatos de Anita Haas, plenos de un incisivo sentido del humor no exento de ternura, han de leerse teniendo en cuenta estos protocolos. En ellos y a través de sus personajes encontraremos, trabados con las vivencias comunes de la vida contemporánea, muchos de los lugares comunes de la España eterna. Un sordo rugir de rosarios y un pertinaz aroma a cocido que se hará presente por igual en las poco ejemplares relaciones entre madres e hijas, tan necesarias para convertir la vida en pesadilla, como en las vicisitudes del inesquivable y misterioso amor que flechea donde quiere, se auparán sobre los espejismos del mundo del cine desplegados como tatuajes sobre la piel de estos nuevos caníbales que somos los urbanitas. Aquí está el mejor microrrelato que he leído jamás. Y es que en general, no hay espejos como los de tu propia casa. De los demás no puedes fiarte. Anita Haas nacida en Canadá ha escrito, tanto en solitario como en colaboración, diversos libros sobre cine.

Hermenaute, 2017
Compra en Casa del Libro

Frank G. Rubio

Pólemos

Una operación de comando, en plena noche, con una precisión milimétrica

Para que nadie lo olvidara; para que a nadie le cupiera la menor duda de por qué estaban haciendo lo que hacían, de cuáles eran sus motivos.



Habían salido pertrechados con todo lo necesario para llevar a cabo la acción. Lo llevaban planeando desde hacía tiempo. Una acción sonada. Una operación de comando, en plena noche, con una precisión milimétrica, que debía ejecutarse de manera meticulosa. No querían dejar nada al azar. Quedaron en la colectiva Nosotros, a las dos de la madrugada. Desde Exarchia bajarían hasta su objetivo, la avenida central de Atenas. Arrancaría en Panepistimiou hasta desembocar en la plaza Sintagma, delante del Parlamento Ahí iban a dejar su marca coincidiendo con el primer aniversario.


se trata de una acción anónima


Se pasaban una botella de cerveza, Alpha, hacía tiempo que beber Fix estaba mal visto en ciertos ambientes, para calmar los nervios. Eran cinco y ninguno de ellos tenía más de veinte años. Extrema juventud y arrojo. Inconsciencia. No necesitaban más dadas la circunstancias. Material demasiado inflamable e imprevisible. Figuras homogéneas. Un mismo patrón físico. Vestidos de manera idéntica: vaqueros, sudadera ancha y zapatillas, ropa oscura para moverse por la ciudad al amparo de la noche. No demasiado altos, pelo muy corto, delgados, acostumbrados a echar a correr a las primeras de cambio, en cuanto vieran aparecer a los maderos. Incluida ella. Podría pasar desapercibida, pero bajo ese uniforme se detectan unas formas inequívocas a pesar de todo.

A sus compañeros les incomoda que vaya con ellos. Una chica y todo eso. Pero en más de una ocasión les ha demostrado que, llegado el momento, tiene más cojones que ellos. Ha impuesto su criterio en la reunión. Tiene su derecho, sus razones y los ha hecho valer. No había lugar para más discusiones. Iban a tener que tragársela les gustara o no.

Los cinco llevaban una mochila en la que guardaban el material para llevar a cabo la acción. Al día siguiente, esperaban, todos se preguntarían quién había hecho aquello.

Desde el primer momento, quedó muy claro que lo que menos importaban eran las individualidades. Que se trata de una acción anónima. Que no habría lucimiento personal. Que ningún grupo iba a reivindicarlo como propio. Sólo importaba una cosa: que no cayera en el olvido. Hacer algo que se removieran las entrañas. Dar una patada en la boca a la gente que pasara por allí, para que despertaran propios y extraños.

Eso sólo debía ser el primer acto. La primera traca para empezar el espectáculo.

Llega la hora. Los cinco se miran y echan a andar. Es la chica la que lleva la voz cantante y el resto la sigue como un rebaño de mansos corderos. Cualquiera diría que se trata de cuatro chavales fogueados en varios enfrentamientos. Uno de ellos luce con orgullo una cicatriz sobre la ceja izquierda. Es el líder desplazado que deja hacer, esperando a que llegue su oportunidad. A que ella se queme, aunque por el aplomo con el que va andando, con la mochila colgada, sin mirar atrás para comprobar si la siguen o no, parece improbable. La chica es consciente de lo que tiene entre manos.

Caminan en silencio. Concentrados. Algunos se han puesto los auriculares y van escuchando música. Rap. Las canciones de Killah P, asesinado por un nazi de Chrisi Avgi, son un himno para todos ellos. El aura del mártir que los protege cuando entran en acción, una forma de comunión laica. Parecen una columna que se introduce tras las líneas enemigas para dar un golpe de mano. Se mueven por un terreno conocido. Esas calles les dan seguridad. Es su territorio. Lo conocen. Saben que si las cosas se tuercen y toca huir, encontrarán una puerta abierta. Un refugio seguro hasta que se calmen las aguas.

Cuando abandonan la seguridad del barrio se tensan. Los pasos se hacen más cautos. Se echan las capuchas y se cubren los rostros con las palestinas. Buscan fundirse con las sombras, esquivando los haces de luz anaranjada o amarillenta de las farolas. Pasar desapercibidos. Pasos amortiguados sobre el asfalto. Rara, Atenas sin tráfico, sin ruido. La chica sigue encabezando la marcha, atenta al silencio y sólo oye el batir de la sangre en sus sienes, la emoción que le agarra la garganta, la rabia y la nostalgia que le mojan los labios a partes iguales.

Los músculos se paralizan cuando se oyen voces que los increpan. La primera que se detiene, sobresaltada, es la chica. Todo se va al carajo, piensa. Tan cerca ya de su objetivo. Es el instinto del soldado que se sabe en campo enemigo y por ese motivo tiene que extremar las precauciones si quiere volver a luchar al día siguiente. El resto la imita por inercia. Algunos de ellos ni siquiera se han percatado de nada. Miran a la figura menuda y tensa de la chica preguntándose qué coño le pasa a ésa. Hasta que se dan cuenta y se tragan los reproches. Cinco rostros cubiertos se giran al mismo tiempo que se enfrentan a un grupo de sin techo o tal vez refugiados, es difícil distinguir a unos de otros, que deambulan por las calles en busca de un lugar en el que cobijarse. Tardan todavía un rato en darse cuenta de que la jarana no con va con ellos. Que ni siquiera se han percatado de la presencia de la columna de encapuchados en avanzadilla, que cruza ahora los jardines buscando el resguardo del muro trasero de la Biblioteca Nacional.

Se reprimen gritos de alivio. Sólo se ve reflejado en los cinco pares de ojos que llamean por encima del filo de las palestinas, avivados por la adrenalina del momento. Una adrenalina que les hace temblar y reír, nerviosos, bajo el trapo blanco y negro. La inminencia del combate. Es ella la única que en apariencia mantiene la calma, controlando la euforia silenciosa que se contagia de unos a otros. Tiene claro el porqué está allí esa noche. Motivos propios, muy alejados del subidón que buscan sus compañeros de partida, más allá también de un supuesto compromiso político o lo que coño fuera a esas alturas del partido.

Se cabrea cuando huele a hierba. Uno de sus compañeros está liándose un porro con la intención de fumárselo entre todos. Para darse valor. Para que la euforia no decaiga en ningún momento. Se pone en pie de un salto. La luz anaranjada le da un aspecto fantasmal. No les lanza reproche alguno. Es más que evidente lo que piensa de ellos, no hacen falta palabras. El modo en que se da la vuelta y reemprende la marcha, con la mochila a la espalda, es más efectivo.

Sabe que está sola en aquéllo y no le importa. Que la sigan o no, no es asunto suyo. Ella estaba allí. Era lo único que contaba.

Erguida delante de la estatua de Charílaos Trikoupis, frente a la Biblioteca, calibró las posibilidades que tiene. Calcula a ojo distancias, esfuerzo, puntos de escape si las cosas se tuercen. Sonríe por primera vez en toda la noche aunque nadie la pueda ver. Sabe que ha llegado el momento y, extrañamente, se siente muy tranquila. Nada que ver con los nervios previos mientras avanzaban desde Exarchia. Va a saldar una deuda pendiente.

Giró sobre sus talones. El resto del comando aguardaba la orden. Se espera a que el de la cicatriz tome el mando llegados al escenario. Cuestión de experiencia a pesar de su juventud. Sin embargo, todos aceptan el liderazgo tácito de la chica. Su aplomo los convenció.

Dejó que la mochila se deslizara desde sus hombros huesudos hasta el suelo. Seguía el ritual en silencio, como si estuviera sola, sin reparar en la presencia de sus acompañantes. La abre y saca el material para ejecutar la acción. No hay órdenes, todo se lleva a cabo como estaba planeado. Los mira uno a uno. Ya sabéis a qué hemos venido, parece decirles. Los chicos se muestran torpes, indecisos, sin saber por dónde empezar.

Estudió con detenimiento la estatua del prócer de la patria. Calibra la posibilidad del pie de la estatua. Cambia de opinión. Echa a andar ante la mirada atónita de los muchachos. Sobre la escalinata de la Biblioteca Nacional coloca la plantilla y agita el aerosol rojo. Tiene la certeza de que el ruido de la bola metálica agitando la pintura en el interior del bote se oye en toda Atenas y que de un momento a otro, la ciudad volverá de golpe a la vida, sorprendiéndola. Le aterra sólo pensar que no podrán llevar a cabo la acción. Que le fallará.

Pintura roja sobre fondo blanco. La cara de él. Su nombre, el de él, para que no caiga en el olvido. Y debajo la silueta de un AK-47 con un eslogan para que nadie se llame a engaño: stáseis, revolución. Eso último podían habérselo ahorrado, piensa, pero es el peaje que debía pagar.

Cuando ves caer a tu novio con la cabeza abierta por una bala de goma, lo que menos te preocupa es cambiar el mundo. A partir de ese momento, todo idealismo se va a tomar por culo y con él, toda certeza y esperanza. Sólo quieres que el mundo arda. Que alguien pague. Culpable o inocente, eso da igual. Nadie le preguntó a ella. Nadie le pidió perdón o le dio una explicación. Se quedó sola en mitad del combate, sin saber qué hacer, sin entender nada de lo que pasaba a su alrededor. Una vida más que menos, una pieza que se pierde sobre el tablero, tiene poco peso.

Notó el filo de la palestina húmedo sobre sus pómulos. Con un gesto rápido, para que sus compañeros no notaran nada, se limpió los ojos. Suspiró y apretó los dientes. Había prendido la mecha.

En cuestión de segundos el escuadrón se dispersó por la avenida para ejecutar el bombardeo. El siseo de la pintura saliendo por las boquillas de los aerosoles se convirtió en banda sonora. Pasaban de un lado a otro con extrema rapidez y precisión, sin pararse demasiado a pensar dónde colocaban la plantilla y hacían la pintada. Sin escrúpulos. No se libró ni la puerta de la iglesia católica de San Dionisio. Esa noche las paredes de Atenas se llenarían con la cara de aquel chico muerto, multiplicada, como prólogo de lo que estaba por venir. Ella ya no estaría. Cuando llegaran a Sintagma habría cumplido y podría retirarse. Supo que se engañaba cuando en dirección contraria brillaban las sirenas de la poli.

Carlos Martínez Carrasco


Volando en sueños

Meterse en la cama significaba siempre una aventura, incluso cuando se metía solo

Juan Murillo estaba solo en su cuarto, cantando y tocando las cuerdas de su cuerpo, cuando decidió correr una aventura nocturna y se metió en la cama. Para él, el hecho de meterse en la cama significaba siempre una aventura, incluso cuando se metía solo. Y es que en su cama no sólo le aguardaba su soledad, sino que también le esperaban todos los sueños que invadían su mente en cuanto empezaba a dormir.



(Su vida, fuera de los sueños, era un camino trazado sobre piedras negras. Sí, su vida era un día desafortunado tras otro día desafortunado. Sin embargo, no se podía quejar: tenía sus sueños; sus deliciosos sueños, sus perversos sueños, sus malos sueños, sus aterradores sueños, sus increíbles sueños. Con ellos, la vida se podía aguantar mejor. Cuando estaba dentro de ellos, todo se podía realizar.)


los sueños llegaron hasta los pies de la cama


Las sábanas lo rodearon y la almohada lo besó en la cara. Juan estiró una mano, apagó la luz de la lamparilla que vivía sobre la mesilla de noche y la oscuridad se desparramó como la tinta por toda la habitación.

(Poco a poco, los sueños salieron de sus escondites. Recorrieron el suelo de puntillas, sin hacer apenas ruido, y se acercaron a los pies de la cama.)

Juan cerró los ojos y se recostó hacia un lado. Había tenido un día muy duro; tenía que descansar.

(Los sueños llegaron hasta los pies de la cama. Hábilmente, empezaron a escalar por las sábanas.)

Juan abrazó con una mano a la almohada, y le pareció su tacto tan agradable como el de una mujer. Para él, si las almohadas tenían sexo, estaba muy claro cuál era.

(Los sueños no tardaron en llegar hasta el valle de las sábanas. Con decisión, se lanzaron a subir por la montaña que formaba el cuerpo de Juan.)

El silencio reinaba en la habitación. No se oía nada; sólo la respiración de Juan.

(Los sueños llegaron hasta el rostro del hombre; algunos entraron por la boca, otros por los oídos, otros por los orificios de la nariz. Una vez dentro, recorrieron su interior y llegaron todos hasta el cerebro, juntándose allí.)

Juan se quedó dormido.

(El primer sueño saltó sobre su mente y la rodeó.)

Juan abrió los ojos. Lo primero que vio fue un cielo azul inundado de nubes blancas de sugerentes formas. Después bostezó y estiró su cuerpo. Estaba totalmente desnudo, tumbado boca arriba sobre la acogedora alfombra que formaban las hierbas y las flores del suelo. Las nubes recorrían rápidamente el cielo, ayudadas por el viento, y parecían grandes pájaros blancos y esponjosos. No se oía ningún ruido; sólo la música del viento. 

Juan se incorporó poniéndose en pie. Miró al suelo y vio cómo los ojos de las flores lo observaban a su vez. Lentamente, empezó a caminar, llegando al poco al borde de un gran precipicio. Bajo sus pies, la pendiente caía hasta mundos inferiores, lejanos. Estaba sobre un valle suspendido, en la cima del planeta, donde estirando una mano se pueden tocar las nubes. Y él estiró las manos, los brazos, hacia delante, haciendo fuerza y echando el viento hacia atrás, como remando en el aire. Despegó los pies del suelo... y empezó a volar. Sí, empezó a volar, como un pájaro, nadando en el aire, dándose impulso con las piernas y avanzando gracias a sus poderosos brazos que actuaban como si fueran alas. Planeó hacia abajo, bajando en picado hacia el país inferior. El viento sin boca soplaba hacia él, como un chorro de agua que no moja, echando sus cabellos hacia atrás. Cayó, cayó, y, cuando ya faltaba poco para tocar tierra, subió de pronto hacia el cielo. Y siguió subiendo, más y más, más y más, hasta llegar al mar de nubes que había encima de la cima de la que había despertado. Pasó como un ángel entre varias nubes, y ellas acariciaron su desnudez. Sintió su tacto, fresco y suave, y las dejó atrás, perdiéndose en el azul del cielo.

Pasó de largo una gran montaña de color chocolate y al hacerlo observó abajo un valle verde inmenso, precioso y acogedor. Y vio que hacia el valle bajaba volando una hermosa mujer, tan desnuda como él. Y, sin pensárselo, voló tras ella.

La mujer volaba como una mariposa gigante, grácil, pausadamente; también era tan hermosa como una mariposa. Pronto sus pies sintieron la hierba del valle, posándose con suavidad sobre él.

Juan aterrizó poco después. Y caminó apresurado hacia ella.

—Hola —le saludó, como si pasara por allí casualmente.

—Hola —asintió la mujer.

Se miraron a los ojos.

—Nunca había estado en este valle —comentó él.

—Tampoco yo —dijo ella—. Lo he descubierto hoy.

—¿Lo probamos? —insinuó Juan.

—De acuerdo —accedió la mujer, sonriendo.

Y los dos se tumbaron en el valle.

Y los dos comprobaron lo acogedor que era.

Después de amarse, los dos seguían tumbados y abrazados, viendo pasar las nubes.

—Son hermosas las nubes, ¿eh? —comentó él.

La mujer no respondió. Se había quedado dormida.

Juan la besó en la mejilla y decidió imitarla.

Pronto se durmió.

Abrió los ojos, y vio todo negro. Sintió que estaba abrazado a su almohada, y que estaba tumbado en la cama, en su habitación, a oscuras. Miró hacia su izquierda, donde estaba el reloj. Las agujas de su reloj eran fosforescentes; sin encender la luz, vio que apenas había transcurrido una hora desde que se había dormido; faltaban muchas horas para el triste momento de tener que levantarse. Decidió volverse a dormir y se echó hacia un lado de la cama.

Pasado un rato se durmió.

Abrió los ojos. Un cielo azul inundado de nubes blancas se extendía ante él. Sintió que su mano abrazaba un hombro de mujer y que sobre su hombro se apoyaba la cabeza de la mujer.

Juan sonrió. Seguía tumbado en el valle, y a su lado seguía estando la mujer.

—¿Has dormido bien? —le preguntó ella.

—Sí, muy bien —asintió él.

Se irguió ligeramente y se tumbó sobre ella.

—Gracias —le dijo.

—¿Gracias? ¿Por qué? —repuso ella, extrañada.

—Por haberme esperado —dijo él, besándola.



Roberto Malo
(el más y mejor cuentista de la banda)

**relato perteneciente a Los soñadores


Diarios de campo

Nos hemos despedido con un efusivo abrazo, digno de toreros


Lunes 14 de Marzo

Hoy, por ser el primer día, la madre de Miguel ha quedado conmigo en la parada, para así presentarme como responsable a la monitora del autobús.





(La madre de Miguel tiene miedo del cruce que va de la parada a su casa. Lo cierto es que es un cruce muy largo, con isleta en el medio, y dos semáforos que difícilmente se pueden pasar de golpe. Para más inri, según ella Miguel pasa sin mirar apenas los semáforos. En el día de nuestra presentación, por ejemplo, hubo que indicarle al llegar a la isleta que se detuviera, porque en el siguiente semáforo ya estaba poniéndose en rojo y él se disponía a cruzar.)


me ha ganado, pero por los pelos


Tras presentarme a la monitora del autobús, ha aparecido Miguel, y al verme me ha saludado por mi nombre y ha sonreído para sí con cierta timidez.

Le hemos dicho en la acera que nos avisara para cruzar cuando estuviera verde, y en cuanto así se ha puesto nos lo ha dicho y ha salido disparado a buen paso. Hoy, a diferencia del otro día, nos ha dado tiempo a pasar todo el cruce de un tirón. Al llegar a la entrada de su casa le he pedido que me enseñara la cancha de baloncesto, ya que el otro día, como hacía bastante aire, fuimos hasta arriba sin ver apenas el entorno del edificio. Me la ha enseñado con cierto orgullo (es una buena pista y él es, por lo que sé, un buen deportista), pero hemos subido pronto porque hoy también hacía bastante frío.

Una vez en el piso se ha quitado el abrigo, se ha puesto cómodo (es totalmente autónomo) y hemos merendado en su cuarto. Luego hemos jugado a diversos juegos de ordenador (la mayoría de coches de carreras), que al parecer le encantan. Después hemos pasado a juegos de mesa tradicionales. Hemos echado una partida a las damas, y me ha demostrado que controla el juego bastante. De hecho, hemos terminado en tablas, y eso que me he esforzado en ganarle. Luego hemos jugado al parchís, y también domina las reglas y cuenta correctamente. Me ha ganado, pero por los pelos.

La verdad es que jugando se ha pasado la tarde volando. Al despedirnos nos hemos dado un afectuoso abrazo.


Martes 15 de Marzo

Hoy también ha bajado la madre de Miguel a la parada. Al parecer, van a cambiar el lugar de la parada (la de ahora es provisional por unas obras que hay en la rotonda), y así ella me indicaba dónde estaría finalmente. Cuando ha llegado Miguel, nos hemos saludado, hemos pasado el cruce cuando él nos ha indicado (en cuanto se ha puesto verde) y hemos ido a la esquina donde teóricamente parará el autobús. Hay unas buenas obras, así que el cambio de parada será (suponemos) para dentro de unos días. En cualquier caso, ya nos avisarán cuando así sea. Si es la parada en la misma esquina, no tendrá ningún cruce hasta llegar a casa, por lo que su madre creo que se alegrará bastante.

Una vez en casa, Miguel se ha quitado el abrigo, se ha descalzado y ha ido al baño. Hemos merendado juntos en su cuarto, ha puesto un CD de música y luego le he preguntado si le apetecía jugar al billar. Me ha dicho que sí y hemos ido a otra habitación, donde hay un billar muy coqueto, de un metro por medio metro o algo así. Había dos palos sobre el tapete y le he preguntado que cuál era el suyo. Ha mirado las puntas de los dos y ha escogido el que la tiene bien. “Este es el mío”, ha dicho. El otro palo tiene la punta totalmente destrozada. Se ve que a Miguel le gusta ganar. Le he dejado empezar, y como no ha metido ninguna bola de salida, cuando iba a tirar de nuevo, le he dicho que no, que no le tocaba repetir, que ahora era mi turno. Lo ha comprendido perfectamente y ha respetado los turnos de cada uno. Sin embargo, cuando no le venía muy bien darle a la bola (por las reducidas dimensiones de la habitación) movía la bola según le convenía, como los jugadores de billar un poco tramposos, vamos. Me ha ganado la partida (en este caso por los palos, pues el suyo es mucho mejor que el mío) y al acabar le he dicho que teníamos que meter la bola blanca tras dar en tres bandas. Lo ha entendido a la perfección y lo ha intentado como un profesional, pero no la ha metido por poco, ya que la trayectoria había sido la correcta pero le ha faltado algo de fuerza. Cuando en su turno lo ha intentado de nuevo, le ha pegado con toda su alma y la bola ha salido volando del tapete y se ha metido con estrépito debajo de la cama. Cuando me he tenido que meter debajo de la cama para sacarla, Miguel se ha partido de risa. He dejado lo de las tres bandas para otro día (tampoco es cuestión de romper nada) y le he pedido la revancha. Por supuesto me la ha concedido y me ha ganado de nuevo. No hay manera de ganar a este chico, está visto.

Por otro lado, le encanta la música. Tiene montones de cintas, discos y cedés. Le he preguntado si me enseñaba a probar el karaoke, y ha accedido encantado. Nos hemos hartado de cantar y cantar. Miguel canta fatal (peor incluso que yo, lo cual ya es decir mucho), pero le encanta hacerlo, y sin ningún tipo de vergüenza. Al cabo de bastante rato de cantar y cantar (pobres vecinos, pensaba yo), cada vez que se acababa una canción, le preguntaba si lo quitábamos o si seguíamos. Seguimos, seguimos, insistía. Y así nos podían haber dado las uvas. Finalmente, nos hemos despedido con un abrazo.


Miércoles 16 de Marzo

Hoy, por vez primera, lo he recogido yo solo en la parada. Cuando ha llegado nos hemos saludado, le he preguntado qué tal todo y me ha contestado que muy bien. Hemos pasado el cruce cuando se ha puesto verde y él mismo ha abierto la puerta de su casa. Al pasar por los buzones ha cogido las cartas que sobresalían de un cajetín, con la intención manifiesta de llevarlas arriba. Le he indicado que no eran suyas, puesto que no estaban en su buzón, y las ha devuelto a su sitio con cierta pena (los días anteriores ya había advertido que le encanta coger folletos de publicidad de cualquier cosa; los papeles le vuelven loco, vamos).

Hoy decidimos bajar a jugar a la pista de baloncesto. Desde la línea de tiros libres, lo cierto es que Miguel es un hacha. Nos pasamos, lanzamos en jugada, la echa por detrás... En fin, no somos de la NBA, pero nos defendemos bastante bien. En cuanto Miguel mete una, le dejo repetir, y cuando la mete seguida se alegra un montón... Cuando yo hago el ridículo, o alguna tontería, también sonríe abiertamente... Al poco llegan un montón de chicos y se ponen a jugar al fútbol a lo largo de todo el campo de baloncesto, con unas porterías improvisadas, con lo que el jugar a baloncesto se convierte en toda una aventura. Aun así, nos apañamos todos perfectamente y hay cuidado por ambas partes. Somos un patio de colegio muy disciplinado y respetuoso. Al cabo de una hora, algo sudados y agotados, nos sentamos en un banco a descansar un poco.

Tras un pequeño lapso de tiempo, seguimos jugando a un gran nivel. Pasada la hora nos subimos a casa, le felicito por su excelente actuación, y nos despedimos hasta mañana.


Jueves 17 de Marzo

Hoy, como ya decidimos ayer, hemos ido al cine. Concretamente, hemos ido a los cines Palafox, que nos venían bien por el horario. Hemos cogido las entradas, las ha guardado Miguel, le he preguntado qué le apetecía tomar y me ha dicho que palomitas y limonada. Tras coger todo, Miguel le ha entregado las entradas al encargado y hemos entrado en el cine. Durante la película nos hemos tomado las palomitas y las bebidas, por supuesto, y hemos visto la película en silencio, disfrutando del espectáculo. Lo cierto es que no sé si le ha gustado mucho la película o no, pero al finalizar me ha dicho que le ha parecido bien. No se ha levantado del asiento hasta que no se han acabado los últimos títulos de crédito (como debe ser), y al salir ha cogido una revista gratuita con los próximos estrenos de películas. Después hemos parado en diversas tiendas para coger folletos y demás papeles publicitarios y nos hemos ido a la parada del autobús. Una vez dentro, nos hemos sentado al fondo. Allí nos hemos leído la revista del cine durante el trayecto.

Al rato hemos bajado y, una vez ya en su casa, nos hemos despedido.


Viernes 18 de Marzo

Hoy, al bajar Miguel en la parada, nos vamos directamente para el centro comercial, a jugar en la bolera, como ya decidimos ayer al despedirnos. Al llegar a la bolera, hay bastante cola en la zona de control –un montón de chicos esperando-, así que para hacer tiempo a que se despeje la cola nos vamos un poco a la zona adyacente de recreativos. Miguel se monta en una moto de carreras y la pilota con gran pericia.

Al poco veo la zona de control libre y cogemos pista. Nos pregunta la encargada nuestros números (es obligatorio llevar las zapatillas de allí; no saben cómo sacar el dinero) y se lo indicamos: Miguel, 39, y yo, 45. Nos calzamos en nuestra pista y le pregunto a Miguel que cómo se ponen los dedos en la bola: Miguel me lo explica pacientemente (es todo un profesional de los bolos). Le sugiero que empiece él y lanza como un maestro consumado. Lo cierto es que hacemos varios plenos y varios semiplenos, y vamos muy reñidos. Finalmente, gana Miguel (pero no por mucho, eh). Nos lo hemos pasado de maravilla, tirando y haciendo posturitas en plan chuletas.

Después hemos entrado en una cafetería y él ha escogido para sentarnos una mesa que estaba vacía al fondo del local. Han venido a atendernos y él ha pedido una limonada y unas papas bravas. Mientras tanto, me ha comentado que a la semana que viene se va de vacaciones de Semana Santa a la playa, y la playa le encanta. Tranquilamente, nos hemos tomado las bebidas y las papas, he pagado y nos hemos ido. De camino a la parada hemos seguido charlando de las vacaciones. “Mira, Rafa, te voy a decir una cosa”, me ha dicho, solemne, “A mí lo que más me gusta es el mar, por encima de todas las cosas. Lo demás... son tonterías. Lo demás... son cuentos”. Hemos tomado el autobús y de nuevo ha elegido sentarse al final del todo, en dos asientos libres.

Ya en casa, como no nos vamos a ver en una semana, nos hemos despedido con un efusivo abrazo, digno de toreros.


19 de Marzo, Sábado

Hoy me ha llamado Rafa, ¡por fin!, y hemos quedado en ir al cine. Hemos quedado en una cafetería del centro, y Rafa —mal empezamos— ha llegado como un cuarto de hora tarde. Se ha disculpado cortésmente por el retraso, eso sí, y yo, como una tonta, le he dicho que acababa de llegar. No tengo remedio, desde luego.

Le he comentado la película que me apetecía ver, y él me ha salido con que ya la había visto y que si no me importaba ver otra. “¿Y con quién la has visto?”, le he soltado de sopetón, sin pensar lo que decía. “Con Miguel”, me ha respondido llanamente, y a continuación me ha explicado quién es el tal Miguel y la ocupación —me resisto a denominarlo trabajo— que al parecer ha comenzado esta misma semana. Según he podido entender, Rafa está al cuidado de discapacitados, aunque, por lo que me ha contado que hace con el tal Miguel, más que cuidador, a mi modo de ver, parece un señorito de compañía. Un chollo de ocupación, desde luego: van los dos al cine, juegan a los bolos, al baloncesto, al billar… Y encima le pagan.

Como soy una tonta —y no me sabía la cartelera—, le he dejado elegir la película —gran error, que espero no repetir—, y él ha escogido ver una comedia descerebrada sin ninguna gracia. Y lo peor de todo: Rafa rompía a reír de pronto en escenas en las que absolutamente nadie lo hacía, como si de alguna manera vislumbrara chistes que a los demás se nos escapaban. Creía por momentos que la película no acababa nunca. Cuando por fin lo ha hecho, y yo me he levantado abochornada para salir del cine, Rafa me ha pedido que esperara a que se acabaran los títulos de crédito. Me he quedado de piedra. ¿Quién se queda a ver todos los títulos de crédito?

Luego hemos entrado en un bar y Rafa me ha contado su vida, de cabo a rabo. Me ha dicho que lo más le gustaba era dormir y soñar, por encima de todas las cosas. Me ha vuelto a dejar de piedra, desde luego.

Después, cuando se aproximaba el momento tenso de la despedida, me ha dado un besazo en la boca, ¡por fin!, que ha conseguido eclipsar positivamente todo lo anterior. Una vez roto el hielo, nos hemos metido mano como si nos fuera la vida en ello. Y, en lo mejor del asunto, Rafa me ha preguntado si querría ir con él mañana a la bolera, y yo, como una tonta, le he dicho que sí. 


Roberto Malo
(el más y mejor cuentista de la banda)

**relato perteneciente a Los soñadores



Los deleites nocturnos (1ª entrega). Por Jesús Fernández

Creí que era víctima de un terrible peligro, y salí disparado de aquella habitación...


I

Héroe regional a su temprana edad
Conocí a David Lamphere por carta hace justo tres años. Contacté con él por este medio debido al asombro inevitable que en mí se había originado gracias a sus cortos pero sugerentes y reveladores artículos que habían salido publicados en la revista de botánica “Hyoscyamus Niger”, con sede en la ciudad de Boston. Su verbo atrevido, puntilloso y extrañamente espontáneo y sus teorías audaces y astutas me habían fascinado, con el añadido de los comentarios procedentes de fuentes cercanas y fiables para mí, que habían tenido la oportunidad de verle en persona en algún coloquio ocasional, confirmándome lo convincente de su oratoria, sólida y elocuente. A su temprana edad –escasamente dieciocho años recién cumplidos-, había tenido la osadía de poner en jaque a toda la comunidad de expertos del estado en lo que a materia de histología se refiere, y se había convertido en un héroe regional, blanco de las más duras y excitantes controversias en los círculos intelectuales y afines, no dejando en la práctica a casi nadie indiferente a la hora de tomar partido, de opinar, sobre aquel “niño prodigio” y sus evoluciones en el ya por entonces asentado rotativo.

Una breve pero jugosa y realmente cordial correspondencia me decidió a visitarle pocos meses después a la casa de campo donde él vivía, a las afueras de Karlingston, algo más allá del corazón del bosque de Vermini, al norte de la región. En sus cartas no había dejado entrever ni por asomo esa indolencia, ese despotismo ya tan famoso que por entonces le habían adjudicado sin remedio algunos de los que le conocían (o creían conocerle), y se mostraba conmigo en cambio tremendamente atento, suave y comprensivo, siempre dispuesto al diálogo constructivo y a mostrar un interés respetuoso y razonable por la más nimia observación, aunque fuese banal o reiterativa.

A decir verdad, tenía venia asegurada, pues mi estudio editado algunos años antes en forma de libreto en el más puro estilo didáctico, pero ante todo alegórico, sobre los bosques persuasivos, como no cesaba de repetirme a la menor ocasión, le había impresionado como pocos en su corta pero provechosa existencia.

Para hacer aquel viaje en el que tuve que cruzar una buena parte del país de sur a norte, esperé a la caída de la tarde, cuando cubre el cielo un aparatoso manto violeta, poblado de rugosos tirabuzones, últimas nubes que preceden a un verano severo y diligente.

Mis compromisos de aquel día del mes de junio no me permitían iniciar dicho viaje a una hora más apropiada, y como tampoco llegué a encontrar la posibilidad de conseguir un medio de transporte medianamente cómodo y rápido para emprenderlo a la mañana del día siguiente, envié una nota casi de improviso dos días antes a mi inminente anfitrión solicitándole permiso para presentarme en su hogar el viernes, con la medianoche. En realidad el permiso tuvieron que aprobármelo su tío materno William y la institutriz de aquel, las personas que, por lo visto, oficiaban de progenitores de manera férrea por expreso deseo de los padres naturales del joven tras la muerte de éstos escasos años atrás, pues aunque David poseyera a esas alturas y carácter y personalidad suficientes para dirigir su vida con total solvencia, pesaban aún demasiado las indicaciones dejadas en testamento hacia su único hijo.

*          *          *

El camino que acabábamos de recorrer
El coche que alquilé se detuvo a unos cincuenta metros de la casa, ya que ahí terminaba el camino que nacía en una de las orillas de la carretera principal. Delante de nosotros (me acompañaba el chofer del vehículo) crecía una prominente vegetación que se percibía agreste y que apenas dejaba vislumbrar el piso más alto de la residencia de los Lamphere. Me apeé del coche y recogí los contados bártulos que había traído conmigo. Esperé a ver cómo el automóvil daba media vuelta y se perdía entre los árboles frondosos que cubrían en su mayor parte el camino irregular que acabábamos de recorrer segundos antes. Volví a girarme hacia la casa de mi nuevo amigo, una construcción de marcado corte señorial, de muros color arena quizá algo desgastados por el tiempo, y ventanales con formas abombadas a los lados que daban un aspecto cuanto menos extravagante, pero también extrañamente cautivador. Una vivienda que, de lo que me pude percatar, me pareció desde el principio inmensa, y creando en mi una considerable sensación de malestar, de rechazo inexplicable, pese a que realmente se tratara de una mansión atractiva y con seguridad nada molesta para cualquier otro excursionista que se hubiese detenido ante ella incluso a esas horas de la noche.

La luna que había vislumbrado casi a lo largo de todo el trayecto, se había ocultado entre las altas ramas y, mirando al cielo negro, sólo pude saludar a un pequeño grupo de estrellas que parecían haberse acumulado exactamente sobre mi cabeza.

Al llegar junto a la puerta principal, me detuve unos segundos antes de apretar el interruptor. Un detalle casi imperceptible me había inmovilizado como si una fuerza invisible hubiese querido que reparara en algo importante de aquel lugar. Justo a la vez, mientras desde el interior de la vivienda se escuchaban sollozos y lamentos que me parecieron de un patetismo indolente, a mi alrededor podía percibir unas risas histriónicas de edades indefinidas con un tamiz de ironía cruel e incómoda que no sabía de dónde procedían, con la primera sensación en relación a éstas últimas de haber tardado años en dar con su origen si me hubiese decidido a su búsqueda únicamente por mi mismo.

No obstante, resolví llamar no exento de vacilación, abriéndome una criada de edad avanzada, con ojos irritados y habla entrecortada. Tras presentarme, la noticia de la muerte de David consiguió dejarme absolutamente petrificado, sin darme tiempo para reaccionar de forma regular. Debo reconocer que, a pesar de no conocer a mi camarada personalmente, dicho acontecimiento me afectó lo suyo, pues se trataba de un hecho totalmente inesperado para mi que tenía como protagonista a una persona a la cual admiraba, sentía un aprecio extraordinario, y con la que estimaba había iniciado –y acababa de romper sin solución- una amistad profunda y fructífera como pocas.

Tardé unos minutos en recobrarme del anuncio fatal, y mientras la sirvienta me acompañaba hacia la cocina para proporcionarme algún refrigerio que me recompusiera al menos en parte, fue contando el suceso expresándose aún con gran dificultad. Al parecer, David había sido encontrado a primera hora de la tarde del jueves, justo después de la comida, tirado sin respiración en medio de su dormitorio, teniendo al lado, y como curiosidad, la única compañía de un voluminoso ejemplar sobre brujería natural, mientras crecía un olor fortísimo e inclasificable inundando por completo la alcoba. Habían intentado reanimarle mientras esperaban la llegada del médico de la zona, pero éste, en cuanto pudo examinar al joven, diagnosticó rápidamente muerte por paro cardiaco.

Mientras me contaba esto la mujer, aparecieron en escena William Reeves, tío de David, y la institutriz, Margaret Franklin. Ambos fueron también muy amables conmigo, lamentaban haberme hecho llegar hasta ahí para coincidir en un momento tan duro para la familia (no habían tenido tiempo de poder contactar conmigo para comunicarme la noticia) y, a pesar del dolor patente que se dibujaba en sus rostros y la poca predisposición y ánimo tras lo sucedido –lógicos por otra parte-, tuvieron la gentileza de invitarme de todas formas a pasar aquella noche en su casa. Pese a que dudé en aceptar su ofrecimiento, finalmente accedí, pues me encontraba bastante cansado y aturdido, tanto del viaje como de las novedades desafortunadas que acababa de recibir y, sobre todo, porque parecía que no tendría posibilidad de encontrar por allí ningún otro lugar donde hospedarme en varias millas a la redonda.

*          *          *

Los antepasados de la familia
David era, sin duda alguna, lo que vulgarmente se denomina “el rey de la casa”. Además de los cuadros y fotos de los antepasados de la familia, había algunos retratos de otros parientes actuales, pero de quien más había bajo aquel techo, sin duda, era de David. Y la mayor parte, con un rasgo distintivo: en la mayoría de ellas aparecía con uno o varios libros en la mano o bajo el brazo. Me lo confirmaron las personas que le habían tenido a su cargo: era ante todo un chico estudioso y perseverante, con una fuerza de voluntad fuera de lo común, un amor por la lectura que rozaba casi lo enfermizo, no separándose de sus páginas más que lo justo, y todo ello además aderezado con su gusto por lo solitario, con su carácter difícil, terco y caprichoso para con los demás, incluidos sus protectores. Las fotos mostraban a un chico moreno, de estatura media tirando a baja, mirada profunda y provocativa, amenazante, aunque de regusto algo melancólico. Poco que ver, excepcionalmente, con el único allegado al que pude tratar de soslayo entonces, su tío William: alto, de pelo castaño tirando a rubio, cara delgada y expresión firme y serena.

A medida que avanzábamos únicamente otro de los criados y yo por las escaleras hacia el segundo piso donde estaba situada la habitación en la que dormiría esa noche, y tras haber sido presentado a una serie de amistades de la familia que parecían oficiar de voluntariosas plañideras, comprobé cómo volvía la angustia a mi estado de ánimo. Algo, en lo más profundo de mi ser, me decía que aquel lugar parecía espolvoreado con raras vibraciones, con una inquietud calmada pero intimidante, que parecía acechar en algún rincón indeterminado del edificio. Tras conducirme el anciano en medio de la iluminación poco menos que insinuada que nos escoltaba -aun así con un resplandor que me pareció en todo momento insidioso-, llegamos al cuarto que me había sido asignado para pasar la noche.

Me había quedado por fin solo, y como pareciendo formar parte de un acuerdo estudiado al máximo, cesaron de repente los lloros y cualquier tipo de ruido dentro de la casa, como si hubiese quedado yo en ella como único y exclusivo habitante. Me dirigí a la ventana y la abrí con una súbita ansiedad de la que yo mismo me reconocí altamente sorprendido. Afuera también habían cesado aquellas risas. Y los ruidos de los grillos, que habían sido los primeros en agolparse a mi llegada. El silencio más profundo parecía haberse apoderado también del exterior.

Así estuve durante breves minutos, disfrutando de la brisa veraniega que ahora parecía darme una bienvenida un poco más placentera y que me despojó durante ese intervalo de tiempo de las preocupaciones y recelos asaltados en mi mente momentos atrás.

Recuerdo que estaba totalmente despierto, pero lo que vi a continuación superó con creces las fantasías o pesadillas que algunos hemos podido –o hemos creído- llegar a soñar o imaginar. Fue tan real que aún hoy regresan las imágenes con tanta claridad a mi cabeza de modo que llegan a perturbar peligrosamente mi conciencia y salud mental. Debajo de mi, y frente al primer piso de la casa, se extendía un pequeño jardín formado por hermosos grupos de arbustos agitados por el tímido soplo de la canícula, con flores que me estaban mirando, que me sonreían de una manera cruel y atemorizante. Agracejos, rosas, espinos albares y boneteros con rostros humanos, como formando parte indisoluble de sus hojas, de la manera más natural y arcana, de pleno carnales, que me produjeron, me infringieron una sensación de horror y de repugnancia, pero también de belleza, inimaginables. Un precioso edén que se desplegaba a cada segundo con nuevos elementos demasiado reconocibles y recientes para mi, mostrándome sus dientes y retorciéndose sacrílegamente. Presidiendo aquellos grupos de vegetación diversa estaba David, y no era tan sólo una imagen suya o una ilusión. Él estaba ahí, como fusionado con aquellos tallos, aquellos pétalos, emitiendo aquellas risas insoportables que todavía anidan en mi cerebro, aquella alegría malsana y pavorosa. En medio de sus risotadas infames, se dirigía a mi, me hablaba de sus experimentos, de la ayuda inestimable que había supuesto mi libro en aquel resultado, de aquellos otros tratados prohibidos, del material antiguo y las fórmulas de las que habíamos hablado en nuestras cartas y que no habían podido esperar más para ser probadas. Todo ello con una voz chillona, que taladraba mis oídos, en un lenguaje blasfemo, con una presencia que notaba pegada a mí sin moverse en la distancia, padeciendo cómo aguijoneaba en mi cara, y que me hizo suplicar por el fin de aquella experiencia, que no fue un sueño, pues aún puedo recordarlo nítidamente a la luz del día.

Creí que era víctima de un terrible peligro, y salí disparado de aquella habitación, bajé volando las escaleras en mitad de las tinieblas, me fui veloz y tembloroso de aquella casa, sin echar en ningún momento la vista atrás o hacia los lados, siempre hacia delante, con los ojos apenas entornados para no toparme con ninguna otra sorpresa tan impensable como la que acababa de sufrir, hasta que pude dar al fin con la carretera y dos luces amigas que me acercaron al mundo, a nuestro mundo, y que me alejaron, quién sabe si para siempre, de aquel portentoso infierno innombrable.

Continuará... 
Leer la segunda entrega

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Jesús Fernández es músico y caballero literario. Icono generacional a su pesar. Ha tocado en formaciones míticas del pop madrileño como Criaturas Celestiales. Pese a las insistencias de algunos editores, se resiste a hacer públicos sus poemarios. Junto con Ahmed Moussa, Bittor Agitado y Miguel Gil, ha fundado el grupo Sector de Agitadas, pop sin fisuras de trasfondo misterioso y cierto aire melancólico. Grupo que, por cierto, ya ha abandonado, quizás debido a otras pasiones.

Webcam. Olloqui

Olloqui es, básicamente, un enamorado de la cultura popular. Serie B, ciencia ficción, comics y novelas de todo pelaje… Algunos le conoceréis por su pasión por la música electrónica y el pop; en las dos últimas décadas ha formado parte de numerosas formaciones, de entre las que destacamos Criaturas Celestiales, Moscú o nO! Siguiendo la sugerencia de sus amigos de Prótesis, Olloqui se lanzó con desparpajo y bravura a narrar, a través de su sección El Cowboy Japonés, su amor por el pop y su vida en el extrarradio madrileño. Sin embargo, hay una actividad que Olloqui ha desarrollado en solitario, diríase de manera clandestina. Nos referimos a la creación literaria. A lo largo de 2013 saldrá a la luz su primera novela, ¡Malditos terrícolas! Y como botón de muestra de su prosa, ofrecemos este relato online, en el que voluntariamente se desmarca de todo lo que había escrito hasta la fecha...

Delicada belleza, mirada inocente
El tipo enciende su portátil, y la pantalla ilumina inmediatamente la oscuridad de la salita. Después de comprobar su correo y constatar que solo hay spam, se dispone a actualizar el estado en Facebook y poner varios «Me gusta» por compromiso a las estupideces que han subido algunos amigos. Tras cumplir con sus obligaciones sociales, entra en un portal de sexo que frecuenta. Allí lee con poco interés algunos relatos eróticos, se entretiene revisando los videos porno que han subido los usuarios en el último día, y finalmente echa un vistazo al apartado de fotos. Encuentra una sección en la que alguien ha colgado un reportaje de una chica de grotesca delantera, vestida de colegiala —aunque haga ya mucho tiempo que dejó atrás la edad escolar—, a la que dos enormes moles de músculo sodomizan sin piedad. El tipo nota cómo la polla se le endurece bajo los pantalones del chándal. Sigue curioseando por la página, hasta que advierte que en la esquina superior han colocado un banner que no había visto hasta ese momento. Anuncia una página de chicas que se exhiben por webcam: «Traviesas.tv».

Ávido de novedades, el tipo pincha en el banner. De inmediato, la página despliega su catálogo de jóvenes disponibles, en un largo escaparate de escuetas indumentarias y sugerentes poses. El tipo examina la colección de ventanas, hasta que se decide por una. La chica es morena, esbelta y menuda. Parece muy joven, y no tiene la pinta de putón en el ocaso de su hermosura que otras participantes atenúan con toneladas de maquillaje y obscenos gestos. Posee, además, una delicada belleza y una mirada inocente que contrastan con la sordidez de la página, cosa que al tipo le resulta aún más morbosa. Un formulario le exige el número de su tarjeta de crédito, y, una vez resuelto el trámite económico, la muchacha aparece por fin a pantalla completa. Es aún más guapa que en la ventana de presentación, y va vestida con una camisa de hombre entreabierta, por la que se adivina una lencería blanca de encaje. Está recostada sobre una cama cubierta por una colcha con motivos hindúes, repleta de cojines. Tras la cama, una pared azul pastel ha sido decorada con tules y gasas de colores suaves, en un raquítico intento de dotar a la escena de un aire lujoso o exótico. Al advertir que se ha producido la conexión, la muchacha sonríe a la cámara.

—Buenas noches, cariño —saluda musicalmente, con un acento que el tipo identifica con algún país del Este—. Soy Jade. ¿Cómo te llamas tú, mi amor?

El tipo inventa un nombre y lo teclea. La chica se acerca un poco a la cámara, y se humedece los labios con la lengua.

—¿Qué quieres hacer, cielo? —pregunta, ahuecándose el cuello de la camisa en un seductor gesto que, por lo que el tipo intuye, tiene perfectamente estudiado.

—Quiero que me enseñes esas tetitas tan ricas —teclea el tipo.

—No seas impaciente, cariño —la chica adopta un mohín coqueto—. No tengas prisa y verás qué bien lo pasamos los dos.

La chica se aleja un poco de la cámara, justo para entrar completa en plano. Está arrodillada sobre la cama, y la camisa le cubre escuetamente la parte superior de los blancos muslos. Se estira, desperezándose, y en la maniobra deja entrever un tanga a juego con el sujetador que se adivina entre los botones de la camisa. Sonríe de forma inocente y, con el dedo índice de la mano derecha, hace un gesto para que se aproxime. Luego se lleva ese mismo dedo a la boca, y lo chupa lentamente.

—¿Te gusta lo que ves? —pregunta la chica, y acto seguido, se gira dando la espalda a la cámara. Muy lentamente, se inclina hacia delante, levantando el culo en el movimiento, con lo que el tipo puede disfrutar de un primer plano de la parte trasera de su anatomía, sucintamente cubierta por el tanga blanco. El tipo comienza a sobarse la polla por encima de la tela del chándal.

—¡Venga, nena, no seas mala! —teclea.

—¿Qué es lo que quieres, mi amor? —pregunta la muchacha, girando la cara hacia la cámara mientras oscila el culo.

—Enséñame las tetas, por favor —suplica el tipo.

La chica vuelve a incorporarse y se coloca de rodillas con una perversa sonrisa en el rostro. Con premeditada lentitud, comienza a desabotonarse la camisa. Tras unos segundos que al tipo se le antojan interminables, permite que las mangas se deslicen brazos abajo. La camisa cae sobre la cama, hecha un rebujo. La chica arquea la espalda, acercando sus pechos, cubiertos por el sujetador blanco, a la cámara. Se humedece de nuevo los labios y entrecierra los ojos. Comienza entonces a acariciarse sobre la lencería. Sus dedos describen pausados círculos entre las puntillas.

—Hummmmm —ronronea la chica—. No te imaginas lo duros que tengo los pezones. ¿Te gustaría verlos, mi amor? Seguro que sí…

—Estás para comerte, preciosa —teclea el tipo, cada vez más excitado e impaciente. Se ha sacado la polla para masturbarse con comodidad. Los pantalones del chándal se resbalan por las velludas piernas, hasta quedar arrugados sobre los tobillos. Busca con la mirada el rollo de papel higiénico que tiene para estas ocasiones, y que debe andar por algún lado. Finalmente lo localiza sobre una silla, encima de un montón de ropa sucia. La chica, por su parte, ha cruzado los brazos sobre sus pechos y ha comenzado a deslizar los tirantes del sujetador, dejando los hombros descubiertos. Con sorprendente habilidad, ha desabrochado la prenda, quedando sujeta tan solo por sus muñecas. Por fin la deja caer, y cubre los pechos con sus manos.

—No me has contestado —dice la chica, con mirada traviesa, mientras abre un poco las piernas, haciendo que su sexo se marque en la ceñida tela del tanga— ¿Quieres verlas? ¿Quieres que te enseñe mis tetas?

—O^jnmnbmjbddsaiiiiiiiiii —intenta escribir el tipo con la mano izquierda, mientras se sigue masturbando suavemente con la derecha. Decide cambiar de mano, por el bien del entendimiento entre ambos, y vuelve a teclear—. ¡Siiiiiiiii!

La muchacha retira poco a poco las manos de sus pechos, hasta que tan solo quedan sus dedos cubriendo los pezones. Juguetea con ellos un largo rato, pellizcándoselos y trazando espirales con los dedos, pero sin descubrirlos del todo en ningún momento. Por fin separa los dedos lentamente y exhibe unos pequeños pezones, rosados y duros, que coronan unos blancos pechos algo más grandes de lo que cabría esperar de una chica tan delgada. Arquea la espalda hacia atrás, irguiendo el busto desafiante ante la cámara. El tipo se olvida del teclado y comienza a masturbase frenéticamente.

—Mira mis tetas —suspira la muchacha, arrastrando las eses. Va acercando los desnudos muslos a la cámara—. Te gustan, ¿verdad? ¿Te gustaría llenarlas de leche? Seguro que sí. ¡Dame tu lech…!

Un fuerte golpe interrumpe a la chica. El tipo, sobresaltado por el ruido, detiene su momento de autosatisfacción. La chica mira hacia su derecha, y la sonrisa se le congela en la cara.

El tipo solo tarda un segundo en descubrir lo que ha provocado la mueca de espanto que muestra el rostro de la chica: un hombre enorme ha entrado en la habitación, tapando con su espalda una porción del plano que muestra la cámara. Lleva el cabello rubio rapado, y por encima de la camiseta asoma la cabeza de un tigre tatuado en el cuello.

La muchacha ha comenzado a retroceder, hasta que su espalda choca contra la esquina de la pared. Al ver que no tiene escapatoria se encoge, intentando cubrirse los pechos con sus brazos. Mira al tatuado con una expresión de súplica, que no consigue esconder su pánico. El tatuado brama algo en un idioma que el tipo no entiende. Su voz es grave y rasposa. La chica da un respingo en la cama. Musita algo ininteligible, y comienza a gimotear. El tatuado vuelve a hablar, esta vez más alto y más enfadado. La chica intenta contestar, pero antes de que pueda articular una palabra completa, la mano del tatuado vuela hasta su cara. El brutal bofetón retumba distorsionado en los altavoces del portátil del tipo. El tatuado vuelve a gritar algo que parece el rugido de una bestia. La chica, desconcertada, ya no habla. Solo llora, e intentar cobijar su cuerpo desnudo bajo la colcha hindú. El tatuado brama una vez más, y se abalanza sobre ella. Comienza a descargar un puñetazo tras otro en la cara de la muchacha, que intenta cubrirse inútilmente con sus brazos, delgados y huesudos. La feroz paliza dura unos pocos segundos, tras los cuales el tatuado se vuelve a incorporar, jadeando. La chica está derrumbada sobre la colcha, con la cara hinchada por los golpes. De la boca y la nariz manan sendos hilos de sangre que manchan la cama. Llora y boquea como un pez fuera del agua. El tatuado gesticula y gruñe de nuevo. Repite una y otra vez una palabra que el tipo no entiende, pero que le suena a insulto. La muchacha, rendida y humillada se ha arrebujado sobre la cama. Masculla algo que parecen frases de clemencia. El tatuado salta de nuevo sobre ella, como un animal sobre su presa. Ambos se revuelven sobre la colcha, forcejeando. Durante unos segundos el tipo no puede ver lo que ocurre. La chica lanza un ensordecedor chillido inhumano. El tipo se revuelve en su silla. Tras unos instantes, el tatuado se incorpora de golpe y escupe algo viscoso y parduzco. Tiene la boca llena de sangre. La chica se retuerce, arrugando la colcha. No deja de gritar, y se sujeta la cara con las manos. El tatuado la agarra, obligándola a separar las manos, y el tipo ve lo que ha ocurrido: el tatuado le ha arrancado un pedazo de la mejilla con los dientes. Bajo el ojo izquierdo de la chica cuelga un coágulo gelatinoso, que oscila con su llanto. El tatuado desaparece del plano, pero vuelve al momento. Lleva un enorme cuchillo en la mano derecha. Agarra a la muchacha del pelo, obligándola a incorporarse. La cara de ella indica que ha entrado en un estado de semiinconsciencia. El tatuado levanta la cabeza de la chica y desliza con limpieza la brillante hoja del cuchillo por su garganta. La chica abre mucho los ojos, como si de pronto fuera consciente de lo que la está ocurriendo. Del tajo horizontal brota una cortina de sangre, que se desliza pecho abajo hasta formar un charco en la colcha. La chica intenta decir algo a la cámara, pero solo consigue emitir un extraño gorgoteo. Se desploma sobre la cama, boca arriba, mientras continúa desangrándose por el cuello. El tatuado limpia el cuchillo con la colcha, sin mirar a la muchacha, y se va. Suena un portazo fuera de plano. La chica, sobre la colcha empapada, se convulsiona cada vez más lentamente, hasta que se detiene, rígida y silenciosa, con los ojos velados vueltos hacia la pantalla, donde el tipo la sigue contemplado.

El tipo cierra la página, desconcertado. Apaga el ordenador y camina por el pasillo hasta su habitación, arrastrando los pies. Decide que la primera cosa que hará mañana cuando se levante será enviar un reporte al administrador de la página. Resulta intolerable que en una página que se publicita como erótica emitan contenidos como el que acaba de presenciar.

—¡Si quiero ver asesinatos, ya conozco otras páginas! —exclama en voz alta, mientras selecciona una película porno de la polvorienta estantería.


Cannonwood. Pablo G. Naranjo

  Epopeya sobre la Cannon, que encumbró mitos como Chuck Norris o Michael Dudikoff Agilidad, acción, cinefilia desatada  y una concatenación...