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Puro vicio (Paul Thomas Anderson, 2014)

La contracultura deja de ser aquella foto de familia en un entorno edénico

excesos y promesas incumplidas
Hay un conjunto de hechos decisivos que marcan el antes y el después de la Contracultura norteamericana: el comienzo de las tensiones sociales que condicionaron la vida política del país a finales de los 60 y principios de los 70. Los guetos afroamericanos se llenaban de heroína, la represión policial se hacía cada vez más férrea, y una ola de magnicidios (Kennedy o Martin Luther King entre otros) eliminaba del tablero a izquierdistas indeseables en pos de una nueva ola de conservadurismo que llevó al país a una imparable espiral de caos. Como hito relevante, la Contracultura se vio herida de muerte en el año 1969: el 8 de agosto Sharon Tate -esposa de Roman Polanski- y varios de sus amigos fueron masacrados por Charles Manson y su secta; meses más tarde, el 6 de diciembre, durante un recital de Rolling Stones, un Hell Angel apuñalaba a un joven afroamericano que portaba un arma de fuego en un evento gratuito que prometía redimir a la Contracultura de sus propios excesos.

La novela Puro Vicio, de Thomas Pynchon, realiza un retrato de ese momento en el que la Contracultura había dejado de ser aquella foto de familia en entorno edénico para mutar, para convertirse en un monstruo más de la posmodernidad norteamericana y comenzar a exigir un peaje por todos los excesos y promesas incumplidas. La adaptación que Paul Thomas Anderson realiza del texto de Pynchon es un fresco colorista, sensato y acertado con la visión de una época que el escritor conoció de primera mano, respetando el formato de relato neo-noir presente en la novela. La traslación a la gran pantalla no se ceba en ambientes sórdidos y deprimentes, todo lo contrario, el estilismo de Paul Thomas Anderson nos muestra espacios abiertos y luminosos, recorre todo tipo de localizaciones para ilustrar las peripecias de Doc Sportello (Joaquin Phoenix) y del detective Bigfoot (Josh Brolin) -éste más en un segundo plano-. El decálogo del género negro se respeta religiosamente en Puro Vicio: mujeres fatales y otras que lo son menos, una organización criminal que extiende sus tentáculos desde la calle a los despachos de abogados, chivatos, un severo policía -Bigfoot- que parece sacado de la caterva de torturadores de Paranoid Park, y un detective privado que tiene la particularidad de ser adicto a la marihuana y por ello se le abren las puertas del submundo contracultural de Malibú.


humor y desencanto


En Puro Vicio hay humor y también desencanto, aquella frustración que vivieron los hippies que se vieron superados por el propio sistema en el que indefectiblemente habían de vivir, el mismo que está personificado en la organización The Golden Fang, y que teje su telaraña en torno a Doc Sportello y todos los que le rodean, pudriendo las buenas intenciones del ideario hippie con toneladas de heroína y una velada violencia mental en forma de centro de rehabilitación new age propiedad del mismo cartel de la droga. Paul Thomas Anderson construye en Puro Vicio una propuesta ambiciosa y de complicado acceso, con un argumento laberíntico que requiere de la comprensión del espectador hacia el estado lisérgico del protagonista, una empatía que debe ir más allá de la risa que nos provocó la estética Miedo y Asco en las Vegas. Puro Vicio no es una apología de la Contracultura, como sí lo fue aquella, es un filme que se muestra el final de una era y descarna el corpus del desencanto para darle forma de historia policíaca; en definitiva, es una grata experiencia que permite reconocer un submundo desbocado que vivió a la sombra de una realidad social convulsa, pero eminentemente exultante.


Alfredo Paniagua

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Tit. Orig: Inherent Vice. Estados Unidos, 2014. Director: Paul Thomas Anderson. Guión: Paul Thomas Anderson. Música: Jonny Greenwood. Fotografía: Robert Elswit. Intérpretes: Joaquin Phoenix, Josh Brolin, Katherine Waterston, Owen Wilson


Este ensayo colectivo, consistente en el análisis de 20 largometrajes, ha sido realizado por los cineastas Fernando Cámara y David Alonso y los escritores Francis Díaz, Jesús Fernández, Duvid Mdd, David G. Panadero, Alfredo Paniagua y Frank G. Rubio.

Este monográfico sobre Detectives Raros en el cine se ha publicado originalmente papel, en la revista Prótesis, nº9 (Reino de Cordelia, ed.), en la primavera de 2017. Pide tu ejemplar en la librería madrileña Estudio en Escarlata.


No te pierdas el monográfico

Filth, el sucio (Jon S. Baird, 2013)

Oscuro asesinato perpetrado por una pandilla de punks

dislocación, problemas...
El feísmo vende, se ha convertido en paradigma cultural de nuestra era. Si hace no muchos años se tachaba de zafio y sin gusto al relato dislocado y escatológico, en la actualidad es un reclamo comercial explotado por una buena lista de producciones. El feísmo es la actitud punk por naturaleza, la perversión del grial que alegóricamente representa el cuerpo humano, sometido a vejaciones de dudoso carácter humorístico -según los cánones más ortodoxos de la comedia-, drogado, apaleado y reducido a una piltrafa más digna de lástima que de admiración. El personaje de James McAvoy en Filth (2013) nos causa lástima y nos hace reír durante su personal bajada a los infiernos en esta adaptación de la novela homónima de Irvin Welsh. Escritor y novelista de la escena punk británica en los años 80, el escocés sitúa a nuestro antihéroe, Bruce Robertson, en el mismo Edimburgo donde se desarrolla Trainspotting -su anterior adaptación cinematográfica-, pero en un contorno narrativo radicalmente distinto: aquí ya no existe crítica a la política Thatcher que arrojó a las ciudades británicas de provincias a una abisal crisis económica y de arraigo, Filth cuenta el periplo personal de un policía que padece dislocación de la personalidad debido a problemas familiares, un falling down que se tiene lugar durante la Pascua de un año indeterminado, y como aquel Cuento de Navidad de Charles Dickens, a nuestro particular Ebenezer Scrooge se le pondrá a prueba para determinar si merece ser enviado al cielo o al infierno.


historia punk, brutal y descorazonadora


La película dirigida por Jon S. Baird tiene por delante un difícil reto que se salva con éxito gracias a la intensa interpretación de James McAvoy, actor que en su rostro y ademán dibuja las miserias y (pocas) grandezas de su personaje, creando un retrato bipolar e histriónicamente segmentado de este aspirante a detective, que no dudará en usar todas las artimañas más sucias para eliminar la competencia de sus compañeros de trabajo en el camino a un ascenso más simbólico que real, pues conseguir la promoción es, en realidad, la prueba definitiva que el agente Robertson debe afrontar para salvar su alma de las garras de la locura. La subtrama que echa a andar el relato principal es el de un oscuro asesinato perpetrado por una pandilla de punks, con un testigo de excepción que Bruce Robertson protegerá a toda costa. El hilo narrativo sigue adelante con la investigación mientras, en paralelo, vamos conociendo el ambiente del protagonista y vivimos situaciones tragicómicas, no exentas de una lectura poco complaciente hacia uno de los oscuros y más influyentes colectivos de la sociedad británica, la masonería, figura aquí nada retórica, personificada en un grupo de conservatives corrupto y excluyente, donde Bruce Robertson no dudará en buscar la influencia de sus "hermanos" para medrar dentro del cuerpo de policía.

Filth no es una película de cine negro, ni siquiera está basada directamente en un texto que evidencie esa intención. El ambiente policíaco es, empero, una excusa más atractiva que otras para mostrarnos un juego de intereses, costumbrismo, poder y mediocridad, con un caso a resolver que marcará el ritmo de una historia punk, brutal y descorazonadora. Esto es la posmodernidad: nuestra realización personal está al arbitrio de oscuros poderes en la sombra, matones, psiquiatras, drogas, desarraigo, disfuncionalidad familiar. Afortunadamente, Filth saca punta a este devastador panorama usando la ironía del relato y la capacidad de los actores para reírse de ellos mismos. No podemos terminar esta reseña sin llamar la atención sobre la heterogénea lista de canciones que glosan las aventuras de Bruce Robertson, con la presencia del actor/cantante David Soul en un divertido número musical.


Alfredo Paniagua


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Tit. Orig: #Filth. Reino Unido, 2013. Director: Jon S. Baird. Guión: Jon S. Baird. Música: Clint Mansell. Fotografía: Matthew Jensen. Intérpretes: James McAvoy, Imogen Poots, Jamie Bell, Joanne Froggatt

Este ensayo colectivo, consistente en el análisis de 20 largometrajes, ha sido realizado por los cineastas Fernando Cámara y David Alonso y los escritores Francis Díaz, Jesús Fernández, Duvid Mdd, David G. Panadero, Alfredo Paniagua y Frank G. Rubio.

Este monográfico sobre Detectives Raros en el cine se ha publicado originalmente papel, en la revista Prótesis, nº9 (Reino de Cordelia, ed.), en la primavera de 2017. Pide tu ejemplar en la librería madrileña Estudio en Escarlata.


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Brick (2005)

Telaraña para enfrentar a las bandas y lograr su objetivo



Hay películas en las que la mezcla de géneros es una tapadera, una cortina de humo que quiere despistar al espectador poco avanzado en la dinámica del género y sus ardides, este es el caso de Brick. La primera película de Rian Johnson utiliza un contexto, el que tendría cualquier película ubicada en un instituto norteamericano, para ir más allá, para dar una vuelta de tuerca al cine negro; la acción del filme está ubicada en un marco completamente distinto a lo que ordenan los cánones del noir. Podemos pensar que un instituto difícilmente se darán un cúmulo de circunstancias criminales -y personales- como el que encontramos en Brick, pero la construcción de la película protagonizada por Joseph Gordon-Levitt está cimentada en el auténtico espíritu hard-boiled digno del mejor Dashiell Hammett, escritor que Johnson tuvo muy presente en la escritura del guión, repleto de giros inesperados y enmarañadas disertaciones que no dan concesión al espectador, elementos tan propios de la novela negra.


aires de cambio al género negro


Brick requiere de un ojo avezado, un conocimiento previo de parte de la literatura negra y del cine negro norteamericano de aroma clásico. La película de Rian Johnson es un ejercicio de estilo, una proeza donde el manierismo de la serie negra queda parcialmente ahogado e integrado en el contexto donde se desarrolla la historia. Los protagonistas, casi todos, se definen con motes o alias que nos recuerdan a personajes del hampa: The Pin, Tug o The Brain son nombres presentes en el imaginario colectivo de los lectores asiduos al género negro. También la construcción de los personajes queda acorde a las estrictas normas de su aparato narrativo: Joseph Gordon-Levitt es un joven despabilado, con instinto de detective pero vulnerable al encanto de las mujeres; su personaje, perdedor por naturaleza e imán para las femme fatales, no es el de un matón al uso pero sí es más duro de lo que parece, muy cercano a ese detective sin nombre que protagoniza una de las novelas más interesantes y malditas de Dashiell Hammett, Cosecha Roja. El segmento final de la película recuerda enormemente a la telaraña que teje aquel Agente de la Continental para enfrentar a las bandas y lograr su objetivo: una justicia más poética que legalista para que los malhechores paguen por sus crímenes sean o no los que motivan su investigación.

La trama de la película se endurece a medida que el relato avanza, si en un principio los espacios abiertos y los pasillos y bibliotecas del instituto invaden la pantalla, hacia la mitad de su metraje ya vemos mimbres de una historia dura, sin aquel humor negro de películas como Crime and Punishment in Suburbia, otra interesante cinta que se mueve en un marco parecido, aunque con puntos de partida diferentes. Y una y otra tienen algo en común, el suburbio. El título de la película no sólo es el macguffin que alienta a gran parte de su recorrido, es también el escenario natural donde se desarrolla, alejado del centro de la ciudad y su vorágine; en Brick no hay bullicio, hay espacios amplios, vacíos, rodeados de tapias de ladrillos, visitamos las traseras de los pabellones escolares, infraestructuras suburbiales, impersonales viviendas ubicadas en interminables urbanizaciones. Y es que Brick también aporta aires de cambio al género negro, nuevos aspectos tan desasosegantes como los que ya conocemos en las obras clásicas; tal es otro de los méritos de la película, no sólo ofrecer estilo, también perturbar nuestro visionado trayendo cerca de nosotros a la maldad y a la sombra de un mundo criminal que bien pudiera estar a la vuelta de la esquina.


Alfredo Paniagua


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Tit. Orig: Brick. Estados Unidos, 2005. Director: Rian Johnson. Guión: Rian Johnson. Música: Nathan Johnson. Fotografía: Steve Yedlin. Intérpretes: Joseph Gordon-Levitt, Lukas Haas, Nora Zehetner, Matt O'Leary


Este ensayo colectivo, consistente en el análisis de 20 largometrajes, ha sido realizado por los cineastas Fernando Cámara y David Alonso y los escritores Francis Díaz, Jesús Fernández, Duvid Mdd, David G. Panadero, Alfredo Paniagua y Frank G. Rubio.

Este monográfico sobre Detectives Raros en el cine se ha publicado originalmente papel, en la revista Prótesis, nº9 (Reino de Cordelia, ed.), en la primavera de 2017. Pide tu ejemplar en la librería madrileña Estudio en Escarlata.


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Ojos de serpiente (Snake Eyes, 1998)

Una trama fuerte y peligrosa que solo veremos si sabemos ir más allá de las apariencias

No siendo Snake eyes la película más popular ni la más aplaudida de Brian De Palma, para mí es aquella en la que mejor se conjugan y refuerzan su apabullante técnica cinematográfica, sus obsesiones temáticas y la coherencia de un argumento de intriga sólido. Entendido su argumento al pie de la letra, Snake eyes no pasa de ser una intriga más de corrupción política en la que, pelando las diferentes capas de la cebolla, un policía no tan estúpido como parece acaba siendo héroe por accidente. Ricky Santoro (Nicolas Cage) es un dudoso agente de policía de Atlantic City que, en la noche en que se disputa el combate de boxeo por el campeonato del mundo de los pesos pesados, presencia el asesinato del Secretario de Defensa de los Estados Unidos. Tiene la misión de ayudar a su amigo Kevin Dunne (Gary Sinise), comandante de la Marina, para esclarecer los hechos. La conspiración está servida...

Quedándonos en este primer nivel de lectura, gracias al trabajo del estupendo guionista David Koepp, al score de Ryuichi Sakamoto, empleado con gran precisión, a la orquestación de Brian De Palma en la silla de director, tenemos una maquinaria que funciona a la perfección. Puede que se trate de una película convencional, vista mil y una veces. Pero está ejecutada con mano maestra.


las cámaras de vigilancia que recogen “la verdad”


Los seguidores del cineasta, que ya conocemos su pasión por el voyeurismo —a fin de cuentas también los cinéfilos somos mirones— encontraremos en un visionado más atento una serie de claves temáticas que no hacen sino continuar y llevar hasta las últimas consecuencias las inquietudes más propias del cineasta.

Si Impacto fue una reflexión sobre el engaño de los medios de comunicación y la reconstrucción que hacen de la realidad, visto desde la mesa de mezclas y la Ingeniería de Sonido, Snake eyes traslada estas reflexiones al terreno audiovisual, confrontando puntos de vista hasta acabar en el último nivel: las cámaras de vigilancia que recogen “la verdad”.

No falta humor en esta película: una locutora de televisión afroamericana se dirige a cámara advirtiendo el huracán que se avecina. Alguien desde fuera de campo la corrige: “tormenta tropical”. A partir de ese momento hay insinuaciones de todo tipo: por detrás de la acción que vemos encuadrada en primer término se suceden movimientos, acciones y actitudes de escucha que son mucho más determinantes de cara al desenlace. Maniobras de distracción que nos seducen con estridencia para que dejemos pasar lo verdaderamente importante.

Lo más valioso de este doble juego sucio está, como en todas las películas de Brian De Palma, en su sorprendente brillantez formal. Un plano secuencia inicial de más de diez minutos en el que seguimos a Nicolas Cage por las bambalinas, los sótanos y otras zonas prohibidas del pabellón. Un plano cenital que nos muestra las diferentes actividades nocturnas en las habitaciones de un hotel. Detrás de la apariencia de thriller tópico late en Snake eyes una trama fuerte y peligrosa que solo veremos si sabemos ir más allá de las apariencias.


David G. Panadero


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Tit. Orig: Snake Eyes. Estados Unidos, 1998. Director: Brian De Palma. Guión: David Koepp. Música: Ryuichi Sakamoto. Fotografía: Stephen H. Burum. Intérpretes: Nicolas Cage, Gary Sinise, Carla Gugino, John Heard


Este ensayo colectivo, consistente en el análisis de 20 largometrajes, ha sido realizado por los cineastas Fernando Cámara y David Alonso y los escritores Francis Díaz, Jesús Fernández, Duvid Mdd, David G. Panadero, Alfredo Paniagua y Frank G. Rubio.


Este monográfico sobre Detectives Raros en el cine se ha publicado originalmente papel, en la revista Prótesis, nº9 (Reino de Cordelia, ed.), en la primavera de 2017. Pide tu ejemplar en la librería madrileña Estudio en Escarlata.


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El Último Boy Scout (1991)

Fotografía atmosférica, miles de litros de gasolina

Revólver Smith & Wettson
El cartel de El Último Boy Scout es paradigmático, no ya por su mediocre diseño como por los componentes definitorios que incorpora, elementos que hablan de la película, sí, pero también del final de una época floreciente para el cine de acción y el comienzo de una era de violencia hiperbólica basada en una fotografía atmosférica y miles de litros de gasolina empleados en sonoras explosiones; signos de los tiempos, estilemas que abren al espectador una dudosa pero amanerada etapa para el actioner, los años 90, que degeneraría en productos digitales y carentes de empatía con el público que vio a Bruce Willis y Mel Gibson sangrar y llorar, que vivió con emoción el enfrentamiento de Arnold Schwarzenegger con un alienígena, y que también sufrió los disparates más ridículos de las comedias de acción de Eddie Murphy. Estrenada en 1991, El Último Boy Scout es el canto de cisne de una época de vino y rosas para el cine de acción, un colofón imprescindible a manos de uno de los realizadores que tendría mucho que decir en la siguiente década, con una extensa lista de títulos más o menos reivindicables, tocando techo con la irresistible obra neo-noir Amor a Quemarropa (True Romance, 1993). A Tony Scott se le puede acusar de manierista, de terrorista del montaje, con ese abuso de los planos cortos que caracteriza casi toda su obra, pero en El Último Boy Scout poco importa, lo cierto es que es una película vibrante y escatológica, una estilizada buddy movie que da más de lo que promete gracias al compromiso de todo el elenco con sus personajes, sobre todo del entonces rutilante Bruce Willis.


traspasando la raya del buen gusto


Toda obra de cine negro —y El Último Boy Scout lo es— necesita de un contexto criminal, un detective fracasado, un ineficiente cuerpo de policía y, cómo no, muchas armas, preferiblemente un revólver Smith & Wettson .357 como el que empuña Joseph Hallenbeck (Bruce Willis), trasunto loser de aquel John McClane que encarnó en la saga Die Hard (La Jungla de Cristal). Aquí Willis interpreta a un detective acabado, con una vida familiar arruinada y una autoestima por los suelos, un panorama que cambiará al verse involucrado en una trama de corrupción en el contexto del rugby profesional, donde hará buenas migas con su amado y odiado partner Jimmy Dix (Damon Wayans). Ambos van a vivir hilarantes y emocionantes momentos, también de una violencia extrema, y es que los criminales de finales del s. XX son maquiavélicos a la par que expeditivos en sus métodos. El Último Boy Scout rezuma humor y acción, es entretenimiento en estado puro de la mano de los productores Joel Silver y David Geffen, donde vuelven a esponsorizar al guionista y actor Shane Black, uno de los nombres con más ingenio que haya tenido y tiene la comedia cinematográfica de acción, responsable del libreto de la imbatible Arma Letal (Lethal Weapon, 1987) entre otros muchos. Los chistes que Shane Black escribe para El Último Boy Scout son indiscutiblemente incorrectos, traspasan la raya del buen gusto y se inscriben en aquel humor escatológico que desde entonces está tan presente en la cinematografía comercial, desde los filmes Hermanos Farrelly hasta los de Sacha Baron Cohen, y son estas líneas de diálogo, junto al ritmo vertiginoso de la película y al trabajo de los actores, lo que hace que El Último Boy Scout sea una cinta tan divertida que cuando termine la proyección nos pongamos a cantar aquel himno de Bill Medley que oímos en el climático comienzo y en el no menos brutal y divertido final.

Alfredo Paniagua

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Tit. Orig: The Last Boy Scout. Estados Unidos, 1991. Director: Tony Scott. Guión: Shane Black. Música: Michael Kamen. Fotografía: Ward Russell. Intérpretes: Bruce Willis, Damon Wayans, Chelsea Field, Noble Willingham


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El corazón del Ángel (1987)

El detective Harry Angel es contratado en Nueva York por el misterioso Louis Cyphre

Aunque en su momento fueron muchos críticos los que la consideraron esteticista y plagada de efectismos, El corazón del Ángel es una película que supo ganarse la simpatía del público de entonces y además adelantó tendencias y maneras que siguen vigentes. El británico Alan Parker era entusiasta de la novela de William Hjortsberg. Le atraía la combinación de géneros: un terror de origen religioso y una historia de detectives al estilo Raymond Chandler, de ambientación barroca y surcada de secundarios peculiares. La combinación de géneros, más vigente cada vez en el audiovisual, no es lo único que supo anticipar Parker. También la estética retro, servida por una fotografía de colores apagados, profusa en claroscuros, que remite a los clásicos del cine negro. Añadamos una trama imposible, que en su desarrollo adquiere la textura evanescente de una pesadilla, y un drástico giro final, que hace que tengamos que repasar mentalmente trama y argumento en tan solo unos segundos. Todas estas razones hacen que El corazón del Ángel sea una película que todavía se mantiene vigente.

Un detective privado de simbólico nombre, Harry Angel (Mickey Rourke todavía en plena forma), que está pasando una mala racha, es contratado en Nueva York por un misterioso personaje (Robert De Niro encarnando a otro personaje de simbolismo evidente: Louis Cyphre). El encargo consiste en encontrar a un hombre desaparecido. Cuando conoce a Epiphany Proudfoot (Lisa Bonet), hija de un sacerdote vudú, se suceden extrañas muertes, que parecen estar relacionadas con la magia negra y que implican a Harry de una manera cada vez más personal.


amenaza religiosa invisible, aire de fatalidad


La novela de William Hjortsberg se desarrolla básicamente en Nueva York, integrando a estos personajes y ambientes en escenarios cercanos: ceremonias vudú en pleno Central Park, visitas de Cyphre a librerías, asociaciones y centros culturales para hablar del Ángel Caído… Si bien conceptualmente y desde un punto de vista literario es todo un atrevimiento insertar lo irracional y esotérico en ambientes cotidianos —y este ha sido uno de los filones de la ficción de terror moderna—, Alan Parker necesita escenarios sobre los que edificar una iconografía para plasmar su estética, de ahí que buena parte del metraje se desarrolle en Nueva Orleans.

Por otro lado, a este singular punto de partida —el misterioso encargo que recibe el detective, la amenaza religiosa invisible, el aire de fatalidad que se cierne sobre el protagonista— se suman otros temas no menos llamativos: músicos de jazz que sellan pactos siniestros, secuencias eróticas inquietantes…

Vista con detalle, El corazón del Ángel requiere de cierta complicidad por parte del espectador. Sobre todo, en las apariciones de Robert De Niro. No solo su artificiosa caracterización resta convicción al personaje; también ciertos golpes de efecto que más que impactar, distancian. Pero hablamos de una de esas películas cuyas imágenes se conservan en la memoria. De la misma manera que cada vez que vemos la silueta de un sacerdote acercándose a una casa envuelta en la niebla, pensamos en El exorcista, cuando recordamos un ascensor que no se detiene hasta llegar a las profundidades, es imposible no mencionar esta película de Alan Parker.

David G. Panadero

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Tit. Orig: Angel Heart. Estados Unidos, 1987. Director: Alan Parker. Guión: Alan Parker. Música: Trevor Jones. Fotografía: Michael Seresin. Intérpretes: Mickey Rourke, Robert De Niro, Charlotte Rampling, Lisa Bonet


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Impacto (1981)

La fascinación y el impacto de una mujer fatal de doble cuerpo

Impacto suele quedar injustamente sepultada entre Vestida para matar y Doble cuerpo. Esta trilogía, en realidad una octología estilística y moral en toda regla (que ojalá se torne en saga en breve), quizá no sea tan deudora de Hitchcock, como siempre se ha dicho, como del colorido y cálido giallo que Bava y sus compinches fueron cocinando con encanto artesanal

La definición de la wikipedia de este subgénero, de maternidad italiana, no puede ser más coincidente con respecto a los postulados de De Palma:

  1. Da mucha más importancia a lo puramente formal que a la coherencia de la trama, que en ocasiones parece una mera excusa para dar consistencia a la parte visual. 
  2. Tendencia a recrearse en la violencia explícita rayana en lo morboso, que, sin embargo, suele ser tratada de un modo deliberadamente irreal y estilizado. 
  3. El crimen es presentado en largas secuencias sequenza lunga culminadas en una explosión de violencia fuertemente idealizada y coreografiada.


un técnico de sonido registra ambientes nocturnos...


Por tanto, su similitud con Hitchcock se relega básicamente al primer punto, y es que ninguno de ellos busca grandes historia sino excusas argumentales para poder acomodar sus trucos de cineasta.

«Las babas del diablo» es un relato de Julio Cortázar publicado en 1958 y cuya primera mitad inspiró a Blow Up, película que Antonioni rodó en 1966. Un fotógrafo descubre al ampliar una de sus fotografías a una persona con una pistola, escondida entre los arbustos de un parque, a punto de matar a alguien. La misma base sirve para gestar este Blow out de De Palma, que delata la referencia en el propio título. Pero quizá sea La conversación, de Francis Ford Coppola, rodada en 1974, a la que deba su esencia argumental y analogía expositiva. Haciendo un mix con todo ello, resulta este argumento que sirve de excusa para plantear sus consabidas escenas de montaje:

Un técnico de sonido de cine está registrando ambientes nocturnos en el campo y es testigo de un accidente en el que un coche cae a un río y muere un importante político. Al escuchar la grabación, el técnico descubre que suena un disparo antes del reventón de la rueda del coche, lo que hace suponer que se trata de un intento de asesinato.

Travolta interpreta a este detective improvisado que busca la verdad a toda costa, cuando paradójicamente su trabajo se basa en poner sonidos estilizados a los reales, convirtiendo la mentira en su éxito profesional

Y como en cualquier buen ejemplo de guion norteamericano, el protagonista no resulta nunca pasivo, como sí lo eran con respecto a la trama el voyerista entrometido del relato de Cortázar y el Hemmings de la película de Antonioni. 

Es precisamente su interés por llegar a la verdad lo que compromete su supervivencia y posibilita todas esas escenas que, con destreza matemática, conforman esta salsa visual y sonora con especias Donnagio, que insisten en caminos ya trazados anteriormente a la vez que abren nuevos senderos que Scarface o Femme Fatale seguirán explotando

Pocas veces la lente bifocal habrá estado tan sobreutilizada y la arquitectura visual y su construcción secuencial resulten tan juguetonamente artificiosas como en esta película. Y menos mal que es así, porque artificiosidad y estética a raudales es lo que uno espera siempre de este género.

¿Y quién, en nombre de Caín, es capaz de producir la fascinación y el impacto de una mujer fatal de doble cuerpo, casi hermanas, que nos levanta tanta pasión cuando viene vestida para matar?

Solo De Palma. 

Fernando Cámara

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Tit. Orig: Blow Out. Estados Unidos, 1981. Director: Brian De Palma. Guión: Brian De Palma. Música: Pino Donaggio. Fotografía: Vilmos Zsigmond. Intérpretes: John Travolta, Nancy Allen, John Lithgow, Dennis Franz


Este ensayo colectivo, consistente en el análisis de 20 largometrajes, ha sido realizado por los cineastas Fernando Cámara y David Alonso y los escritores Francis Díaz, Jesús Fernández, Duvid Mdd, David G. Panadero, Alfredo Paniagua y Frank G. Rubio.

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La búsqueda (1972)

La búsqueda, precursora de El corazón del ángel: imaginad a Alan Parker viendo una de Joselito

Yo sé quién soy!!!
A punto de cumplir la treintena, y tras infructuosas películas durante la última década para recuperar la popularidad y las taquillas de sus primeros éxitos, Joselito se pone a las órdenes de Rafael Gil para reflotar La búsqueda, uno de los últimos proyectos que el finado Cesáreo González no pudo ver en vida, al igual que los que firmó con Berlanga para la añorada Suevia Films. 

El guion de La búsqueda, encargado por el propio Gil a Carlos Blanco, autor de Los peces rojos, película que Gil quiso dirigir pero que acabó en manos de José Antonio Nieves Conde, pasó por varias versiones, desvirtuando el argumento original hasta tal punto que finalmente Rafael Gil abandona el proyecto y se sumerge sin tregua en La guerrilla y La duda (adaptación de El abuelo, de Galdós), rodadas ambas ese mismo año. 

Es precisamente Carlos Blanco quien consigue que Nieves Conde se incorpore al proyecto, dando así lugar a una película que, más allá de maldita, se puede considerar inexistente, al mismo nivel que ocurrió con la maravillosa El mundo sigue, de Fernando Fernán Gómez, rodada en 1963, y que solo se exhibió en un cine de Bilbao dos años más tarde. 

Nieves Conde quería a Emilio Gutiérrez Caba como protagonista, pero Suevia mantuvo a Joselito, ya que el deseo de Cesáreo fue relanzar la carrera de su pequeño ruiseñor. Sin embargo, lo que sí consiguió Nieves Conde fue eliminar todas las canciones y pidió a Carlos Blanco que ampliara la trama de la investigación. 

La búsqueda, con su configuración final y por surrealista que parezca, es precursora de El corazón del ángel (1987), y aunque casi nadie sea capaz de imaginar a Alan Parker visionando una película de Joselito, ambas cuentan la historia de un vivevidas al que contratan para que busque a un cantante que, poco a poco, a través de sucesivos flashbacks de su propia infancia -descartes de escenas de Los dos golfillos (1961) y de Loca juventud (1965)- termina por descubrir que se trata de él mismo, lo que conduce a una sobrecogedora escena final que prácticamente calca Mickey Rourke, con ese doloroso “Yo sé quién soy…” y que nuestro ruiseñor riega de lágrimas. El propio Joselito comentó que se hizo una versión cantada de la escena, que rodó Luis Lucía a espaldas de Nieves Conde, aunque no figura en el negativo final. 

La búsqueda, en ese uso de retales fílmicos que utiliza para completarse, se hermana al proceso de producción de El héroe anda suelto (1968), que se fabricó con algunos planos de Boris Karloff, que Corman tendría empolvados en alguna estantería, a los que Bogdanovich añadió la subtrama del francotirador loco. Solo el ingenio narrativo de Carlos Blanco pudo aunar tomas dobles y descartes del pasado cinematográfico de nuestro niño cantarín para conjugarlas con su tortuoso presente. 

Sin embargo, la película nunca perdió su virginidad ante los proyectores. Problemas de derechos sobre las imágenes usadas para los flashbacks, así como desavenencias internas en la Suevia post Cesáreo, convirtieron a la película, que debió servir para reflotar a la estrella que más y mejor brilló en Suevia, en una historia de nadie y para nadie. Nieves Conde jamás reclamó su autoría y nunca aparece referenciada en su filmografía. ¡Y ni siquiera en la de Joselito!

Quizá Enrique Cerezo, que posee el catálogo completo de Suevia, podría abandonar un rato el palco rojiblanco para echar un ojo a su almacén y hacernos un favor editando directamente en blu-ray esta extrañeza que forma parte de una época donde nuestro cine se gestaba al estilo hollywoodiense, aunque siempre con esa impronta hispánica que ora rodaba una obra maestra, como La muerte de un ciclista o Furtivos, ora un fascinante desquicie, como este que nos compete


Fernando Cámara


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Tit. Orig: La búsqueda. España, 1972. Director: José Antonio Nieves Conde. Guión: Carlos Blanco. Música: Carmelo Bernaola. Fotografía: Fernando Arribas. Intérpretes: Joselito, Simón Andreu, María Matín, Marisa de Leza



Este ensayo colectivo, consistente en el análisis de 20 largometrajes, ha sido realizado por los cineastas Fernando Cámara y David Alonso y los escritores Francis Díaz, Jesús Fernández, Duvid Mdd, David G. Panadero, Alfredo Paniagua y Frank G. Rubio.

Este monográfico sobre Detectives Raros en el cine se ha publicado originalmente papel, en la revista Prótesis, nº9 (Reino de Cordelia, ed.), en la primavera de 2017. Pide tu ejemplar en la librería madrileña Estudio en Escarlata.


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El gato de las nueve colas (1971)

Predisposición al crimen por su genética

En la tradición del cine negro americano
Aún habiendo sido un éxito de taquilla en su momento, el segundo largometraje de Dario Argento, El gato de las nueve colas, ha quedado actualmente en tierra de nadie y apenas cuenta ya con valedores. El motivo de este olvido reside en su indefinición estilística: si bien con su opera prima, El pájaro de las plumas de cristal, el cineasta italiano había dado a conocer los encantos del giallo, continuando la línea marcada por Mario Bava, en esta segunda película conserva solo parte de esas peculiaridades a fin de que su película entronque más con la tradición del cine policiaco norteamericano.

El gato de las nueve colas conserva poco de esa tradición italiana, siendo una película de misterio más cosmopolita y de ambientes asépticos. No solo cambia la ambientación —queda prácticamente desterrada esa visión tan propia de Argento de la Roma nocturna y sus excesos; en cambio encontramos ambientes del mundo de los negocios, sofisticados laboratorios...—. También cambia la narrativa. Ni encontramos muchos momentos cumbre de barroquismo visual, ni la violencia es tratada con tanta creatividad como en otras ocasiones. En cambio, El gato de las nueve colas es muy rica en situaciones y acontecimientos, apenas tiene puntos muertos, y ofrece una agilidad en su desarrollo como no veremos más dentro de la obra del cineasta.



nueve pistas llevan a la resolución del enigma


El punto de partida parece entresacado de cualquier novela de misterio juvenil: Una noche, mientras vuelven a casa, Franco Arno (Karl Malden), ciego de nacimiento, y su sobrina Lori son testigos de una agresiva discusión entre un ladrón y un chantajista, que acaba en asesinato. A pesar de su invalidez, Franco colaborará con el periodista Carlo Giordani (James Franciscus) para desentrañar el misterio que se oculta tras una enrevesada trama de espionaje industrial y crímenes sin resolver.

La intervención de la sobrina en la investigación aporta suavidad a la película, que se desarrolla con fluidez pero de manera impersonal, estando presente el sello Argento en muy contadas ocasiones. Por otro lado, vista de un modo tradicional, El gato de las nueve colas tampoco satisface del todo a los cinéfilos más clásicos, ya que la trama no deja de ser engañosa: escamoteándose la información básica, el culpable aparece, digamos, de la nada, sin que el espectador haya podido ser verdadero partícipe del misterio elaborando sus conjeturas. Tampoco el propio título, con su posible carga simbólica y su forzado exotismo, puede conectar con muchos cinéfilos. En realidad, tampoco conecta bien con el contenido de la película, más que como metáfora forzada de los nueve caminos o pistas a seguir que llevarán a la resolución del enigma.

Con todo, El gato de las nueve colas tiene ciertos puntos de interés, como la música de Ennio Morricone, dentro de un registro jazzístico experimental. También llama la atención el debate que esta película retoma, acerca del “cromosoma asesino”, teoría en boga en aquel momento que postulaba la mayor predisposición al crimen de determinadas personas por la razón de su genética. Aún jugando esta premisa con cierta habilidad, la película no alcanza la profundidad o el calado que hubiera podido tener.


David G. Panadero


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Tit. Orig: Il gato a nove code. Italia, 1971. Director: Dario Argento. Guión: Dario Argento, Luigi Collo, Dardano Sacchetti. Música: Ennio Morricone. Fotografía: Erico Menczer. Intérpretes: James Franciscus, Karl Malden, Catherine Spaak, Pier Paolo Capponi



Este ensayo colectivo, consistente en el análisis de 20 largometrajes, ha sido realizado por los cineastas Fernando Cámara y David Alonso y los escritores Francis Díaz, Jesús Fernández, Duvid Mdd, David G. Panadero, Alfredo Paniagua y Frank G. Rubio.

Este monográfico sobre Detectives Raros en el cine se ha publicado originalmente papel, en la revista Prótesis, nº9 (Reino de Cordelia, ed.), en la primavera de 2017. Pide tu ejemplar en la librería madrileña Estudio en Escarlata.


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El beso mortal (1955)

Un canto violento a la acción animado por personajes que no se detienen




Conocida por muchos como “la obra maestra de la serie B”, El beso mortal es un film noir urbano y callejero por momentos naturalista, que en buena medida deja atrás los arabescos entre luces y sombras y los juegos estéticos del cine de género de la década anterior. Así lo precisaba la novela de Mickey Spillane que traduce en imágenes Robert Aldrich. Este escritor ejecutaba novelas rápidas, de puro consumo, sin mayor coartada literaria o cultural, y su principal valor fue presentar un personaje viril y rudo inmerso en ambientes de brutalidad y codicia. Mike Hammer fue interpretado para la ocasión con gran acierto por el fornido Ralph Meeker. Poca simpatía, ningún guiño al espectador y unos puños dispuestos para golpear. El beso mortal es, por tanto, un canto violento a la acción sin interrupciones, animado por personajes que no se detienen, cuya dinámica viva hace que pasemos por alto puntuales deficiencias técnicas. 


todos los caminos llevan a Mike Hammer


Con una estética directa y mucho más frontal que los clásicos de los años 40, esta película nos muestra a un buen puñado de personajes ricos en matices y de fisonomias y aspectos muy contrastados. Destaca Velda Wickman, la secretaria, amante, admiradora y chica para todo de Hammer, interpretada por Maxine Cooper. 

Todo comienza cuando una chica fugada de un psiquiátrico detiene a la fuerza, en plena noche, el vehículo del detective protagonista, quien no tendrá otra alternativa que socorrerla. Esta primera secuencia impacta por su detallismo y excesiva duración. Sobre el fondo de la carretera de noche, la chica vestida solo con una gabardina —escena onírica que un Lynch no dudaría en firmar como propia—, desfilarán los créditos iniciales en sentido inverso: de abajo arriba, tal y como vimos al final de Seven (Se7en, 1995). No tardarán en localizar a los dos, matándola a ella y dejándole a él convaleciente de una paliza. Sabiéndose en peligro, Hammer decidirá tirar del hilo. Como le dirá Velda: «Primero encuentras un hilo. Ese hilo te lleva a un cordón, ese cordón te lleva a una soga… Y con esa soga te cuelgan del cuello». Tras ese inicio rupturista se impone una estética más cotidiana, mirando la cámara a la altura de los ojos de los protagonistas. No faltarán momentos puntuales de mayor barroquismo, como el despertar de Hammer en el hospital tras la paliza, mostrado a través de llamativos contrapicados. Y conforme avance la película, ese ambiente natural se irá volviendo más expresionista, abundando secuencias nocturnas cargadas de dramatismo

La seguridad nuclear era una verdadera preocupación para los norteamericanos de mediados del siglo pasado, y este es el verdadero fondo de la película: la búsqueda de una “Caja de Pandora” que podría desencadenar el desastre. Pero Aldrich opta por el desconcierto: todos buscan la caja, incluidos —y sobre todo— los servicios de inteligencia, pero casi nadie sabe a ciencia cierta qué contiene. El misterio que la rodea es impenetrable, y nunca llegaremos a ver su interior. Solo la luz cegadora que emana de ella. Tal atrevimiento en la falta de explicaciones, y el uso tan acertado e intrigante de este Macguffin debió sorprender a los espectadores de la época. De hecho, fue la fuente de inspiración directa para el enigmático maletín de Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994). Es más, seguramente muchos nuevos cinéfilos habrán descubierto esta película de Aldrich explorando las mil y una citas y referencias del autor de Reservoir Dogs. Todos los caminos llevan a Mike Hammer.

David G. Panadero

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Tit. Orig: Kiss Me Deadly. Estados Unidos, 1955. Director: Robert Aldrich. Guión: A.I. Bezzerides. Música: Frank DeVol. Fotografía: Ernest Laszlo. Intérpretes: Ralph Meeker, Albert Dekker, Paul Stewart, Juano Hernández

Este ensayo colectivo, consistente en el análisis de 20 largometrajes, ha sido realizado por los cineastas Fernando Cámara y David Alonso y los escritores Francis Díaz, Jesús Fernández, Duvid Mdd, David G. Panadero, Alfredo Paniagua y Frank G. Rubio.

Este monográfico sobre Detectives Raros en el cine se ha publicado originalmente papel, en la revista Prótesis, nº9 (Reino de Cordelia, ed.), en la primavera de 2017. Pide tu ejemplar en la librería madrileña Estudio en Escarlata.


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Pitfall (1948) / Testigo Accidental (1952)

Curiosa mezcla de melodrama y cine negro / Digno de la lista satánica elaborada por Anton Lavey


ELLA: ¿Cuando nació?
HARPER: El 2 de junio
ELLA: Entonces es usted Géminis, los Géminis tienen el corazón duro
HARPER: Los perros grandes lamen mis manos...


Harper, investigador privado (Jack Smight, 1966)



Endre Antal Miksa DeToth (1913-2002), húngaro de nacimiento y americano de adopción, fue uno de los más cualificados directores de serie B de la época dorada de Hollywood; hombre de gran cultura, se trasladó en 1942 a Estados Unidos, antes había trabajado en Inglaterra con el inolvidable maestro Alexander Korda (1893-1956). Obra suya es el film pionero en 3D House of Wax (1953) con el inimitable Vincent Price (1911-1993). Cultivó casi todos los géneros con eficacia: western, noir, piratas, peplum, espionaje y cine bélico.



una vida familiar feliz se transformará en una pesadilla


Un agente de seguros que vive una vida tranquila con su mujer y su hijo, lo suficientemente consciente para percibir la falta de autenticidad y la rutina de su trayectoria existencial, se verá implicado en una trama mortífera ocasionada por la intensa pasión que un detective, contratado por la misma compañía en que trabaja, cobra por una bella modelo implicada, sin malicia, como receptora de regalos en un asunto de fraude que involucra a su novio, recientemente encarcelado por la cuestión. Al conocer a la muchacha en el curso de la investigación surge entre ellos el amor, lo cual le pondrá en directo conflicto con el citado detective: un brutal ex-policía encarnado magistralmente por Raymond Burr (1917-1993) y que resulta ser, con todo, el personaje más interesante. 

Una vida familiar feliz se verá transformada en una auténtica pesadilla para el personaje encarnado, con la profesionalidad acostumbrada en este actor, por Dick Powell (1904-1963) que sobrevivirá a los violentos ataques físicos del celoso, casi psicopático, antiguo agente de la ley gracias a su entrenamiento militar. Las cosas se complicarán sobremanera cuando salga de prisión el estafador al que el detective, fallidos sus acercamientos amorosos al personaje encarnado por Lizabeth Scott (1922-2015), ha comido la oreja con las peores insinuaciones y medias verdades despertando con ello, en el no muy sofisticado y también muy enamorado delincuente, fuertes celos homicidas. 

Curiosa mezcla de melodrama doméstico y cine negro, consagrada a mostrar los peligros de la infidelidad en el matrimonio. Al otro lado de la familia nuclear hay, no solo suegras molestas, sino también lobos/as feroces que no dudarán en morder si se les da la más mínima ocasión. Una película de mensaje conformista donde se muestra la complejidad, y la peligrosidad, de un mundo en el que hay que permanecer muy atento y estar presto a denunciar a la policía cuestiones en apariencia mínimas porque puede desencadenar una catástrofe no hacerlo. La escena final, superado el asunto, claro está, mediante un desenlace trágico, sobre todo para la bella e inocente muchacha, amada por tres personajes distintos y en conflicto sacrificada al Moloch monógamo, en la que la esposa conduce el coche tras perdonar condicionalmente al protagonista el muy leve adulterio, muestra un anuncio de Chevron en primer plano; consistente pues con la idea de retomar la vida “buena”, uncida al carro de América Inc., que fruslerías reflexivas y la calidez y simpatía de otra mujer, ya olvidada, hicieron peligrar.


Testigo Accidental

Nominado para los Óscar, este film de uno de los directores más prolíficos y eficaces del cine de género, cuenta la historia de un viaje trepidante que realizan en tren un ayudante de la Oficina del Fiscal y la viuda de un importante representante del crimen organizado contra el que se pretende testifique. Ni que decir tiene que la Organización hará lo imposible para evitar la llegada ante el estrado de la testigo de la que no tienen información fidedigna sobre su aspecto. Este dato, en cierto modo inverosímil en el mundo de lo tangible cotidiano, permitirá elaborar una muy sofisticada requisitoria filosófica sobre el engaño que proveen las apariencias y sobre la poca idoneidad de las imágenes que sobre bien y el mal operan en las sociedades para guiar nuestra conducta. La película tuvo un remake en 1990, de factura correcta pero emasculado de la ambigüedad y el misterio de la primera versión, bajo la dirección de Peter Hyams. En ambas producciones el guión fue obra de Earl Felton (1909-1972), tomando como base un relato de Martin Goldsmith (1913-1994) que fuera cuñado de Anthony Quinn (1915-2001). Felton, según el FBI, fue uno de los organizadores de las orgías que involucraron a Cristine Keeler con el ministro británico Profumo. La Keeler, una joven prostituta en contacto con el KGB, acusó en sus memorias al guionista de ser un agente de la CIA. 

Nos encontramos con la considerada por muchos críticos mejor película de serie B jamás realizada. Con un reparto de tercera fila, extrañamente eficaz, esta película de la RKO (Radio-Keith-Orpheum), de la época en la cual la influencia de Howard Hughes (1905-1976) era sensible, de hecho era un gran admirador del film, contó con uno de los mejores técnicos en fotografía de la historia de Hollywood: George E. Diskant (1907-1965) La naturaleza de esta reseña me obliga a revelar uno de los secretos de la película y disipar con ello bastante suspense, por ello recomiendo al lector que no la haya contemplado se pare aquí, la vea, y siga leyendo tras su visionado.

La relación de la viuda del gánster con el protagonista, una auténtica femme fatale absolutamente al cabo de la calle sobre la vida, dotada de un ímpetu irreductible de supervivencia y encarnada con maestría por una inolvidable Marie Windsor (1919-2000), es negligente en afecto y extremadamente amarga. Pero en el viaje hay otros personajes decisivos, entre ellos una bella madre de posición social prominente con su hijo y una institutriz; nuestro héroe del cual pronto sospechará el niño convertirá pronto al pequeño en amigo y aliado. Al margen de los intentos frustrados de los ejecutores de convencerle se deje sobornar, el desarrollo de la trama le verá enfrentado al dilema de proteger también a la joven madre de la posibilidad de ser confundida con la supuestamente canallesca viuda. Ni que decir tiene que finalmente esta mujer resplandeciente es la verdadera viuda y el protagonista un mero señuelo para despistar, siendo realmente el personaje de Marie Windsor (1919-2000), la supuesta hiena con forma humana, una agente de Asuntos Internos que trata de descifrar en esta operación la medida de lealtad de los agentes. Un film pues que contemplado con atención es digno de la lista satánica del celuloide elaborada por Anton Lavey (1930-1997), él mismo un apasionado del cine negro. Nada ni nadie son lo que parecen.

Frank G. Rubio


APÉNDICE


Ambos filmes, cada uno a su manera, constituyen sendas apologías del más férreo matriarcado. En los dos hay dos tipos de mujer enfrentados: “la buena”, el ángel del hogar y madre amantísima; al otro lado, la femme fatale que incita al adulterio. El fin de estas últimas es trágico y sobremanera injusto en ambas películas. Para los que gusten de los pequeños detalles señalo la inocencia y bondad de Mona en el film de De Toth y la muerte gris, en acto de servicio, de quien no era lo que parecía sino una valerosa profesional al servicio de la ley. 

El sacrificio humano eficaz requiere sin duda la vida de los mejores. El resto es la vida misma, una noche extenuante e interminable.

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Tit. Orig: Pitfall. Estados Unidos, 1948. Director: André De Toth. Guión: André De Toth. Música: Louis Forbes. Fotografía: Harry J. Wild. Intérpretes: Dick Powell, Lizabeth Scott, Jane Wyatt, Raymond Burr

Tit. Orig: The Narrow Margin. Estados Unidos, 1952. Director: Richard Fleischer. Guión: Earl Felton. Fotografía: George E. Diskant. Intérpretes: Charles McGraw, Marie Windsor, Jacqueline White, Gordon Gebert


Este ensayo colectivo, consistente en el análisis de 20 largometrajes, ha sido realizado por los cineastas Fernando Cámara y David Alonso y los escritores Francis Díaz, Jesús Fernández, Duvid Mdd, David G. Panadero, Alfredo Paniagua y Frank G. Rubio.


Este monográfico sobre Detectives Raros en el cine se ha publicado originalmente papel, en la revista Prótesis, nº9 (Reino de Cordelia, ed.), en la primavera de 2017. Pide tu ejemplar en la librería madrileña Estudio en Escarlata.



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The Brasher Doubloon (1947)

Contratado por una anciana viuda millonaria...



Dentro de todo el ciclo de adaptaciones cinematográficas del detective Philip Marlowe, The Brasher Doubloon tal vez sea una de las más desconocidas para el público español ya que carece de estreno en España. Se trata de una producción de 1946 de la Twentieth Century Fox y dirigida por John Brahm, director curtido en un gran número de producciones para televisión como The Twilight Zone. En el papel de Marlowe tenemos a un estilizado George Montgomery, que con su fino bigote de dandy se aleja de la imagen prototípica que tenemos de Marlowe: de duras facciones y con el rostro completamente rasurado. En el rol femenino destacamos la actuación de Nancy Guild, actriz bastante olvidada y que apenas posee una dilatada carrera. 



la decadencia moral de la sociedad de la época


The Brasher Doubloon adapta la novela de Raymond Chandler La ventana alta, tercera novela del ciclo de Philip Marlowe. La trama gira en torno a un nuevo caso del detective privado Marlowe, el cual es contratado por una anciana viuda millonaria, Elizabeth Murdock, que le encarga investigar la desaparición de un valioso doblón de su colección privada. Ante la falta de evidencias, tanto Marlowe como el espectador deducen que tal vez la historia del robo sea falsa o bien que no es tal como parece. Parece que el ladrón podría encontrarse en la propia mansión de la señora Murdock ya que habitan en esta su hijo Leslie, joven no muy contento con que un detective privado hurgue en sus asuntos, y la atormentada Merle Davis, secretaria interina de la señora Murdock. Merle se convertirá tanto en el personaje más interesante de la cinta como en el eje central de ésta. Merle sufre una extraña fobia hacia el género masculino debido a un trauma que vivió con su antiguo jefe, que no es otro que el fallecido marido de la señora Murdock. Surge entonces otro de los misterios de la película, ya que se insinúa que probablemente el difunto señor Murdock intentara abusar de la joven Merle. Nuestro estimado Marlowe tendrá que superar dos trabajos hercúleos: deberá resolver el caso y, por supuesto, tendrá que ayudar a vencer el miedo al contacto masculino de la señorita Merle.

Como viene siendo habitual en el cine noir, esta película nos muestra la decadencia moral de la sociedad de la época, centrándose en las clases dirigentes. Si bien la película está poblada por personajes que pertenecen a los bajos fondos, estos simplemente son meros títeres a las órdenes de los auténticos villanos del film, los Murdock. Por un lado, Leslie es un prepotente joven millonario que ha caído en las garras del juego que le sumerge en el mundo del crimen. Por otro lado, la señora Murdock lleva años atormentando a Merle, con insinuaciones sobre su participación en la muerte de su marido. Lo que parecía un simple robo, acaba desembocando en un festival de violencia y cadáveres. Uno de los elementos más interesantes de la cinta es el uso de una especie de metacine, momento que parece anteceder casualmente a la importancia que tienen las cámaras de vigilancia en los thrillers del futuro. Cabe destacar también el buen uso de la fotografía en blanco y negro, que llega a dar resultados expresionistas en distintos momentos del film como por ejemplo en las escenas de tormenta de la mansión. La duración y el ritmo de la película es otro de los puntos fuertes ya que en apenas 70 frenéticos minutos se ejecutan las distintas tramas narradas con efectividad. En resumen, recomendamos esta olvidada película para todo buen fan de Marlowe y del noir.

Duvid Mdd



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Tit. Orig: The Brasher Doubloon. Estados Unidos, 1947. Director: John Brahm. Guión: Dorothy Bennett. Música: David Buttolph. Fotografía: Lloyd Ahern. Intérpretes: George Montgomery, Nancy Guild, Conrad Janis, Roy Roberts


Este ensayo colectivo, consistente en el análisis de 20 largometrajes, ha sido realizado por los cineastas Fernando Cámara y David Alonso y los escritores Francis Díaz, Jesús Fernández, Duvid Mdd, David G. Panadero, Alfredo Paniagua y Frank G. Rubio.


Este monográfico sobre Detectives Raros en el cine se ha publicado originalmente papel, en la revista Prótesis, nº9 (Reino de Cordelia, ed.), en la primavera de 2017. Pide tu ejemplar en la librería madrileña Estudio en Escarlata.



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Cannonwood. Pablo G. Naranjo

  Epopeya sobre la Cannon, que encumbró mitos como Chuck Norris o Michael Dudikoff Agilidad, acción, cinefilia desatada  y una concatenación...